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Sunday, December 01, 2013

Morirse en Internet

Manuel Flores va a morir, 
eso es moneda corriente; 
morir es una costumbre 
que sabe tener la gente. 

Jorge Luis Borges 

Morirse es la cosa más común que existe, tan vulgar como nacer pero opaco, se entiende, sin la magia de la vida. Cuando morimos retornamos (nos regresan) a la nada infinita de la cual el azar nos arrebató sin saberlo (entiendo que los creyentes tendrán, después de esta, una vida eterna y etérea que el ateísmo me confiscó miserablemente —suerte la de ellos—). 

Siempre les repito a mis alumnos el «memento mori» («recuerda que vas a morir») de los romanos (cuyos dioses, equívocos y veleidosos, me son más simpáticos). Estar consciente de la propia muerte no es, como algunos pretenden, una receta para el suicidio o para la depresión crónica, al contrario, es un aliciente para seguir vivos, aprender, hacer y transformar el mundo (ojalá que para bien).  La evolución, ese fuego como el que Prometeo compartió con los hombres, nos ha permitido abandonar las cuevas, ser más humanos y menos bestias, vivir más y mejor.  Si tuviéramos —como los dioses ociosos— la seguridad del infinito, seguiríamos ocultos en la montaña, asustados por la tormenta o embrutecidos por las sombras, como lo explica Platón en su alegoría de la caverna.

Con la modernidad, el hombre ha querido escapar de la muerte y vive tentado por la anestesia del ruido ensordecedor, las obligaciones infinitas y la tecnología esclavizante. Huimos (pretendemos huir) de la enfermedad y de la muerte, maquillándolas. Las clínicas parecen hoteles y a los muertos se les despide en velatorios con horas fijas y capuchino.

Internet, gracias al señor Zuckerberg, se ha convertido en el nuevo espacio donde la muerte es (creemos) derrotada. Morirse abre una temporada de «buena voluntad» en la que los muchos o pocos que conocían al finado se dedican a escribir elegías en las que no solo resaltan las virtudes del muerto (que, a lo mejor, las tenía) sino que, forzando la imagen poética (o patética —revisen la definición antes de ofenderse—), inician una especie de diálogo retórico con el difunto, contándole lo mucho que lo querían, lo tanto que lo recuerdan, lo buena persona que era, lo inmenso del vacío y demás detalles de un afecto fervoroso que recibe los «like» de otros tantos conmovidos por el suceso (sin duda lamentable que, como Donne —y Hemingway—, pienso que «any mans death diminishes me, because I am involved in Mankinde»). Antipático, como siempre, me pregunto si no sería mucho más beneficioso, en este tiempo en el que la tecnología le ha arrebatado sus excusas a la distancia, decirle todo aquello a la gente mientras vive y puede escucharnos y respondernos —con simpatía, indiferencia o desprecio, según se le antoje—.

¿A quién le escribimos cuando elogiamos al muerto en las paredes públicas y virtuales de «Facebook»?  Dudo que aún los más fervorosos creyentes en la vida eterna crean que allá, en «el cielo prometido», puedan leerse los emocionados mensajes y menos aún que en «el infierno tan temido», Satanás permita a los castigados distraerse con Internet.

Les escribimos a los muertos para sentirnos mejor, para reparar daños irreparables o expresar emociones que no nos atrevimos a decir en vida; claro, también (y esos no son pocos) hay quienes escriben para la platea, para la multitud de curiosos y fisgones que están «mirando» y ante los cuales parece que se ha vuelto indispensable mostrar una sensibilidad elocuente.

Hay que decir que la costumbre no es nueva, solo ha cambiado la plataforma. El «Facebook» de mi infancia eran las páginas de obituarios de los periódicos (y aún hoy es posible ver en las páginas de los diarios en Singapur defunciones cuyo tamaño de letra y foto —«de quien en vida fue»— están directamente proporcionados a la fortuna familiar).

Mi padre decía que en los países civilizados solo se publicaba una lista en el diario «para saber quién se ha muerto ayer», en democrático orden alfabético y sin comentarios de ninguna clase.  Él, que recelaba de los discursos póstumos, dejó orden expresa de que no se anunciara su muerte, «¿para qué?, ¿para que celebren mis enemigos?, quienes me quieren no necesitan del periódico para enterarse».  Yo, como él, espero el silencio entonces; ahora, mientras vivo, que amigos (y odiadores) se expresen. No me expropien, por favor, el placer y la alegría de responderles...

Sunday, November 10, 2013

Manual para cruzar la frontera (final)

El paso por Woodlands es más sencillo y toma menos tiempo (unos sesenta minutos).  Si uno va a la estación «Kranji» de la línea roja del metro de Singapur, se encontrará con un letrero que indica «170» (de la empresa SBS, «Singapore Bus Services»). Abordar el bus, pagar con la tarjeta «EZ-Link» (el dinero electrónico que, los que vivimos en Singapur, usamos a diario en el metro y los autobuses) y esperar diez minutos. Una vez en el control de Woodlands (antes de bajar del bus pase la tarjeta por el lector y saldrá un aviso de «ride suspended» con lo cual le cobrarán la tarifa cuando termine el recorrido, serán un par de dólares), hay que subir unas escaleras eléctricas (hay ascensor, si es que trae bultos), pasar por el control (en el electrónico, para singapurenses y residentes, casi nunca hay cola), volver al primer piso y dirigirse de nuevo al bus (no se olvide de pasar la tarjeta) que, en poco más de cinco minutos, atravesará el puente de un kilómetro que separa Singapur de Malasia (el puente del otro control, en Tuas, tiene una extensión de casi dos kilómetros). Otro gran edificio, otra vez bajar del bus, otra vez pasar la tarjeta, otra vez subir una escalera eléctrica y, otra vez, el (más lento) control migratorio.

Lo diferente del cruce de Woodlands es que nos lleva al corazón de una inmensa ciudad (1.2 millones) y, lo bueno, para quien quiera darse un salto para solo hacer algunas compras, es que se halla ligado a través de una serie de puentes y escaleras mecánicas al «City Square», un centro comercial que tiene casi todo (menos un buen supermercado). Entonces, cuando pase el control malayo solo le resta caminar (no hay cómo perderse, siga el letrero que dice «City Square») y ¡listo! Tendrá a su alcance tiendas de remate y de marca, restaurantes y cafeterías, salones de belleza, artículos eléctricos y electrónicos, cines y un largo etcétera.  

Si reside en Singapur y no quiere que los agentes de migraciones de Malasia sellen su pasaporte cada vez que pase (y, claro, siempre lo hacen en una página nueva y justo al medio porque creen que nos encanta cambiar de pasaporte cada seis meses), lea atento: Antes de atravesar el control de Malasia, subiendo la escalera, a su mano derecha, hay una pequeña oficina que dice «MACS» (nombre fácil de recordar si pensamos en las hamburguesas esas, envenenadas, que tanto nos gustan), que es el acrónimo del «Malaysia Automated Clearance System».  Por treinta ringgits (diez dólares americanos), su pasaporte, el documento que lo acredita como trabajador legal en Singapur y quince minutos, puede obtener una visa por un año y ahorrarse los sellos y las colas.  De ahí en más, el control será electrónico, como en Singapur.

Entonces (y no me haga caso, que, como decía mi madre, «nadie experimenta en cabeza ajena»):

1) Ir a Johor Bahru (JB) es fácil y barato, solo toma tiempo; por Tuas dos horas, por Woodlands, una. En «hora punta» deben ser, al menos, treinta minutos más.  Si puede, evite los feriados.
2) Se puede viajar en una línea malaya (Causeway) o en una de Singapur (SBS).  En ambos casos los buses son viejos (los malayos más viejos y más descuidados, pero estos llevan a Bukit Indah, los de SBS, no).
3) El tipo de cambio favorable a Singapur (2,5 x 1) hace que muchos productos y servicios sean más baratos en Johor Bahru. No necesita cambiar el dinero en Singapur, puede hacerlo en Malasia, sin problemas.
4) Los baños en los centros comerciales están sucios (en «Aeon» son impresentables, con sus cucarachitas más; en «City Square», solo sucios). En la medida de la posible, evítelos.
5) Si va a cruzar la pista en Malasia «desingapurísese», o sea, mire a los lados, que los pasos de cebra están de adorno (como lo están los taxímetros en los taxis, si va a subirse a uno, pacte el precio antes).
6) Ir a JB vale la pena si el ahorro es considerable (en la cantidad) y consistente (en el tiempo).  Si va en su propio auto (use la carretera en Tuas, es más rápido) y puede llenar un par de carritos del supermercado semanal o quincenalmente (Giant, Tesco), se ahorrará algunos cientos al mes. Si va en bus, inclínese por los servicios (manicure, pedicure, corte de pelo, cine, comida) y algunos productos ligeros y caros (cosméticos o anteojos, por ejemplo), si hace todo junto en un solo viaje, también podrá ahorrarse algunos buenos dólares cada luna.

¡Buen viaje!

Monday, November 04, 2013

Manual para cruzar la frontera (3)

Una vez que se pasa el control de Malasia hay que ir a la cola correspondiente (hay varias, busque la suya con calma, que, total, si este bus se va, espera el próximo) y tomar el CW3.  Después de unos quince o veinte minutos por la carretera (y pasando, antes, frente a «Legoland»), el bus llega al «Aeon Bukit Indah Shopping Centre».  A eso de las once de la mañana de un sábado el lugar tiene muy poca gente, así que es un placer pasear por allí.

Primer consejo: si viene de Singapur y hace mucho está acostumbrado a cruzar la pista sin mirar porque «los automovilistas siempre se detienen en la línea de cebra», ¡cuidado!, ya está en Malasia y acá lo atropellarán sin pedirle permiso ni disculpas; así que, mirar a izquierda y a derecha (que los autos no solo avanzan sin consideraciones sino que, además, retroceden indebidamente sin inmutarse).

Dentro del Centro Comercial está «Aeon», que es una enorme tienda de departamentos, también se halla otro negocio inmenso de dos pisos que dice «Outlet» en alguna parte de su largo nombre, un supermercado («Giant»), una farmacia (con cientos de productos cosméticos), un banco (donde es muy sencillo cambiar dólares de Singapur por ringgits malayos, y atiende hasta tarde), muchos restaurantes (casi todos cadenas, internacionales y malayas, nada extraordinario, pero suficiente para tener un almuerzo simple y olvidable), decenas de tiendas (donde venden de todo, desde electrodomésticos hasta ropa de bebé), media docena de «salones de belleza», algunas academias (música, matemáticas) y un cine con media docena de salas.

Segundo consejo: si quiere ir a caminar a los alrededores del centro comercial, se encontrará que en Malasia, como en Indonesia, el peatón es un ser de segunda categoría y eso de hacer veredas es un lujo que se dan algunos constructores y que otros valientemente evitan.  Vaya con cuidado, que solo cruzar al Mac Donald´s que está al frente del Centro Comercial es ya un reto. Cerca, salvo un par de tiendas irrelevantes y varios «centros de masaje» inmensos, no existe más; a decir verdad, unos cientos de metros más allá hay otras tiendas a lo largo de la avenida que conduce, como a un kilómetro de distancia, a Tesco. Si no tiene experiencia haciendo cabriolas entre los automóviles, vaya en taxi, negocie con el conductor y regatee, el taxímetro está de adorno.

¿Vale la pena ir a Aeon? Aparentemente. Si se va en transporte público, cualquier compra voluminosa es complicada (si le gusta cargar, buena suerte).  Sin embargo, cosas pequeñas (cosméticos, un par de anteojos, alguna pieza de ropa) pueden generar un ahorro simpático (recuerde que, si se queda menos de 48 horas en Malasia, solo puede llevar a Singapur hasta SG$150 en mercancías).  Donde el asunto se pone interesante es en los servicios.  Entre una madre entusiasta que pase por «el salón de belleza» («manicure», «pedicure», corte, lavado) y un padre paciente que compre boletos en el cine para toda la familia, mientras la espera y aguarda a los hijos en sus clases de piano o geometría, «con su cena más», pueden ahorrarse una buena cantidad de dólares al mes.

Tercer consejo: no vaya al baño.  Las cabinas, todas menos una, son de estilo «hoyo en el piso» (acróbatas, bienvenidos) y, claro, sucias; en el mejor de los casos, llenas de agua.  Si no le queda otra y debe ir, vaya a los de la tienda Aeon, son más limpios, tienen jabón y los insectos han sido momentáneamente disuadidos de no pisar esas losetas.

¿Cómo regresar a Singapur? Fácil.  Vaya al paradero donde lo dejaron en la mañana (sí, al mismo) y sea paciente.  El bus pasará de nuevo. No hay cola (recuerde, está en Malasia), solo un mar de gente que atropelladamente querrá ingresar primero.  Sea paciente.  Dos dólares (se paga en efectivo, cinco ringgits) y quince minutos después, estará en el control migratorio malayo y, otra vez, haga, pero en sentido inverso, el recorrido matutino.

Último: Me dicen que cruzar en bus por Woodlands es más fácil y más rápido (entre muertos y heridos uno se demora dos horas yendo y otras dos viniendo por Tuas), que uno llega al «mall» de la frontera en menos de una hora.  El martes lo intentaremos.  Ya les cuento.

Monday, October 28, 2013

Manual para cruzar la frontera (2)

Quien decida cruzar la frontera que separa Singapur de Malasia, hágalo, como decía Machado, «ligero de equipaje». Cuanto menos cosas, mejor. Lo primero es levantarse temprano, sin madrugar pero sin dejar que se escape la mañana. Si lo que uno va a hacer es comprar en los centros comerciales (aprovechándose de la diferencia de valor entre el dólar singapurense y el ringgit malayo, SG$1,00 = MYR2,54), hay que tener en cuenta que estos abren a las diez de la mañana y no tiene sentido llegar antes para quedarse parado en la puerta (si el apuro lo pone «al otro lado» muy temprano, no pasa nada, al frente de Bukit Indah hay un Mac Donald´s que atiende 24 horas y un desayuno extracalórico antes de la jornada tampoco es que venga mal).

Como vivimos en Choa Chu Kang («al otro lado de la isla» para los turistas que solo conocen Orchard Road y Marina Bay Sands), la estación Jurong East del MRT (el metro local, línea roja) nos queda a solo tres paradas. En Jurong, si tiene hambre, aguántesela, que Jems (el centro comercial más cercano) está cerrado y el Wendy´s de la estación es un desastre y, encima, caro.  En la parada de los buses (a pocos pasos de la del metro) hay lugares para esperar infinidad de líneas que llevan por toda la isla; además, se encuentra el paradero de la ruta CW3 («Causeway Link, the smiling bus»), que cruza «al otro lado».  Para subir hay que pagar en efectivo (SG$4,00) y se recomienda conservar el boleto.

El bus tiene una frecuencia de quince minutos y la cola es suficientemente larga como para llenarlo a tope, cual lata de sardinas (no se asuste si escucha gritos destemplados, resulta que los encargados son bastante entusiastas a la hora de exigir a la gente que «se acomode» para dejar espacio para más pasajeros). Nosotros decidimos esperar el siguiente e ir sentados.

El recorrido hasta el puesto fronterizo dura poco menos de veinte minutos. El bus avanza sin detenerse hasta Tuas, el cruce «nuevo», justo antes del estrecho de Johor.  Llegados allí hay que apearse.  Los que saben, salen corriendo y, solo entonces, uno entiende por qué hay quienes no tienen ningún problema con viajar de pie, ¡son los primeros en abandonar el transporte para marchar, raudos y veloces, hasta el control de migraciones!

En migraciones hay dos posibilidades, o uno hace la cola en el control manual, «buenos días, su pasaporte, por favor», revisión, sello, «buen viaje», o, si uno es singapurense, residente permanente o tiene visa de trabajo, se abre la opción del control automático, escanear el pasaporte, poner el dedo pulgar para que la huella dactilar sea comparada con la del archivo y, ¡abracadabra!, la máquina abre las puertas y aparece un mensaje en la pantalla: «buen viaje, señor Fulano de Tal».  Eso sí, verifíquese primero si es que es necesaria o no una visa para acceder a Malasia, si la respuesta es «sí», mala suerte, use el control manual porque la máquina lo rechazará y habrá perdido varios minutos inútilmente.

Pasado el control hay que salir a un inmenso estacionamiento donde se hallan muchos buses.  Esa es la llamada «tierra de nadie», técnicamente uno ya abandonó Singapur y aún no ha entrado en Malasia, ¿qué sucede si algo sucede? Digamos, ¿una emergencia médica, un accidente? Ni idea, por la dudas, camine despacio y no se agite, que no hay apuro.  Ahora bien, si por a, be o zeta razones, el asunto en el control de migraciones tomó mucho tiempo, «el bus que sonríe» se habrá marchado.  Usted no deje de sonreír ni se desespere; quince minutos después aparecerá otro ómnibus idéntico que recibirá a todos los que allí se encuentren haciendo cola para cruzar los mil metros del puente que separan un país del otro (nadie le pedirá el boleto ni le preguntará qué quiere o a dónde va, todos quieren lo mismo y van, indistintamente, al mismo lugar).

Llegados al lado malayo, otra fila y otro control manual (hay uno automático llamado «MACS», Malaysia Automated Clearance System, pero no vi a nadie que lo usara y entiendo que solo es para viajeros frecuentes, ya sea porque trabajan en Singapur o tienen negocios en Johor Bahru, investigaré, que su mayor virtud es que uno se evita un sello más en el pasaporte).

Es después de pasar migraciones y antes de salir a tomar el bus que, ¡por fin!, nos llevará al destino, que uno se encuentra con los oficiales de aduanas (yo creo que eso de poner cara de pocos amigos les viene escrito en el reglamento) y, claro, como en todos los países del área (Malasia, Singapur, Indonesia) uno se topa con grandes avisos comunicando al viajero que si se le ocurrió traficar drogas, se expone a ser condenado a muerte...

Monday, October 21, 2013

Manual para cruzar la frontera (o una jornada en Bukit Indah)

¿Consejos? Recibimos muchos. ¿Páginas en Internet? Leímos más. Pero, puestos a tomar decisiones y lanzarnos a la «aventura» de cruzar la frontera, fueron las recomendaciones de Nicolás las que seguimos casi a la letra.  Él, argentino de la pampa y excelente chef, agotó, en los años que residió en la «Ciudad de Leones», todas las posibilidades de esta cercanía de dos países cuyas distintas realidades permite, a quien viva en Singapur (y tenga las ganas, la paciencia y el talento para hacerlo), un buen ahorro de dólares al mes.

Al sur de Malasia y al norte de Singapur (pasando, claro, el estrecho que es la frontera natural entre ambos países), se halla la provincia malaya de Johor.  Hay dos puentes que unen ambas naciones y, consecuentemente, dos pasos fronterizos.  El antiguo «Johor-Singapore Causeway» (cuyas instalaciones fueron remodeladas e inauguradas como «Woodlands Checkpoint», en Singapur, en 1998, y «Sultan Iskandar Complex», en Malasia, en el 2008); y el nuevo «Malaysia-Singapore Second Link» (también conocido como «Tuas», inaugurado en 1998).

La capital de Johor es Johor Bahru («Nueva Johor» o «Yei-Bi», o sea, «JB»), tiene poco menos de un millón trescientos mil habitantes y el cruce de Woodlands enlaza Singapur con el corazón de esta ciudad (tan ligada a la isla-estado que, a pocos metros del control de migraciones malayo, hay un centro comercial muy visitado por los singapurenses).  Por otro lado, Bukit Indah es una pequeña ciudad en pleno crecimiento (sesenta mil habitantes), que forma parte de la «zona económica especial de Iskandar» y se halla a 20 minutos en coche del cruce de Tuas (pasando antes por «Legoland», un inmenso parque de atracciones visitado por miles de turistas).

Nicolás solía cruzar (con su esposa y sus tres hijas) en coche (dejo la historia del carro para otro artículo) y prefería Tuas porque «aunque el peaje es un poco más caro, siempre tiene menos congestión» y le gustaba el centro comercial de AEON porque «no hay tanta gente como en JB».  A mí, que se me antojan mejores los lugares con menos gente (no es misantropía, solo precaución), me pareció buena idea seguir los pasos de mi amigo argentino.  Claro, no tenemos coche (pero tampoco tres hijas y mi infinita Alesia aún puede manejarse bastante bien en metros y buses con sus siete meses de embarazo), así que el asunto se convirtió en un viaje en ómnibus.

En Singapur hay varios lugares donde se puede conseguir un transporte público que cruce la frontera hacia JB y alrededores; uno, por ejemplo, es Changi (el aeropuerto) y otro es Kranji (donde hay una estación de la línea roja del metro y que solía ser el paradero mas frecuentado de los ómnibus que cruzaban a Malasia). Sucede que en los últimos años, con el aumento exponencial del número de personas que atraviesan diariamente la frontera (hace poco, el periódico «The Straits Times» informaba que solo el control de Woodlands lo utilizan más de trescientos cincuenta mil viajeros cada día), los llamados «puntos de embarque» también se han multiplicado.

Como fuera; por comodidad, por cercanía, por que lo conocemos, porque Nicolás nos dijo que era el mejor lugar para tomar el bus («el amarillo, toma el CW3») hacia Bukit Indah, decidimos ir a la estación «Jurong East», al final de la línea roja del metro (a tres estaciones de Choa Chu Kang, donde vivimos), y allí comenzó nuestra aventura...

Monday, September 23, 2013

Por eso

La semana fue intensa.  El viernes estaba cansado, hecho una ruina, algo de lo que comí me cayó mal y regresé al departamento sin más ganas que olvidarme de mí.  Adolorido y sentado en el sillón que hace años me acompaña, me preguntaba por qué nos habíamos mudamos a Singapur.

Vivíamos en Indonesia, el departamento que nos alojaba quedaba a trescientos metros de mi salón de clases, Imah, la incansable señora que trabajaba con nosotros, mantenía todo a la perfección (amén de que cocina delicioso), Cecep conducía con serenidad y cautela nuestra camioneta, éramos (aparentemente) millonarios (con una rupiah devaluada a un cambio de ocho mil por un dólar que, según leo, se ha devaluado un 20% más en los últimos meses) y Bali estaba al alcance de la mano.  Luego de cinco años, mi salón de clases era mi pequeño paraíso, mantenía excelentes relaciones con mis colegas, teníamos buenos amigos con los cuales podíamos pasar horas conversando alrededor de un café, estábamos entrenados para una vida social interesante (a veces intensa), y éramos parte de una comunidad latina y peruana, variopinta y llena de energía, alegría y entusiasmo, con un embajador nuestro, humano y encantador con el que solíamos devorar el sublime «mousse» de chocolate de «Plan B», el mejor restaurante de Yakarta para pasar un viernes en la noche comiendo tapas y celebrando la vida con los potajes caseros con los que Oskár nos hacía olvidar todas las razones (solo mencionaré el tráfico, la contaminación, la informalidad y la corrupción) por las cuales un lustro allá nos pareció suficiente y decidimos partir.

Khalil Gibrán decía que partir no es como cambiarse de camisa sino de piel.  Lo entendí hace siete años cuando, perro viejo ya y acostumbrado a mi lugar, a mi calle, a mi parque y a mis amigos de toda la vida, empecé a deambular por el mundo.  Cuando salí de Lima en agosto del dos mil seis, no tenía claro que el asunto era para largo y para lejos, pero fue.  Miami, Ciudad de México y Yakarta, han sido lugares donde habité, conocí gente, hice amigos, probé los mejores manjares y anduve calles persiguiendo sueños y fantasmas.  Cada lugar tuvo algo especial y siempre hallé gente con la cual compartir el pan y la palabra, esas cosas simples e indispensables que nos humanizan.

Cuando acepté el trabajo en Singapur empezaron las voces de alerta: «espero que te estén pagando el doble», «la gente allá es intratable», «es imposible hacer amigos entre los locales», «esa gente solo piensa en el dinero», «olvídate de tu camioneta», «todo es carísimo» y sería mentir si no dijera que el asunto me puso un  poco nervioso.  Singapur habia sido, hasta entonces, un refugio contra el desorden amigable pero feroz de Yakarta.  Cada vez que queríamos huir unos días de la confusión, Gaby y Rudy nos abrían generosos las puertas de su departamento y disfrutábamos de unos días maravillosos en familia, con paseos por Orchard, visitas a Sentosa y comidas espectaculares en los tantos y buenos restaurantes de la ciudad.  Sin duda, la isla no se caracterizaba por sus precios bajos pero, qué importaba, estábamos de vacaciones.

En junio nos mudamos.  Y, sí, Singapur es cara, pero no más cara que las tantas ciudades grandes en el mundo y, como todas ellas, tiene una segunda vida, una capa que no es la que se ve en las propagandas o en las visitas guiadas, un mundo inmenso (e intenso) que se desenvuelve más allá de los famosos centros comerciales, los casinos y los parques de diversiones, un país real que, como todo lo que recibe el rocío de lo cierto, tiene sus grandezas y sus miserias, sus descubrimientos y sus decepciones.  Hemos hallado, sí, al cretino que comparte ascensor contigo y es incapaz de devolver el saludo, al necio que se hace el dormido para no darle el asiento a una mujer embarazada, al infeliz que va en su bicicleta por la vereda y a toda velocidad; pero también hemos encontrado a las chicas que atienden en el café y saludan alegres de vernos y se saben de memoria nuestro pedido, al señor que se levanta para darle el asiento a la embarazada avergonzado del muchacho que no lo hace, al ciclista que baja la velocidad y pide disculpas y agradece cuando le cedemos. Hemos descubierto una humanidad como todas, como tantas, generosa y solidaria; un espacio habitado por gente encantadora que son y significan mucho más que los eventuales desdichados y pobres diablos que por allí aparecen.

El trabajo es nuevo y tiene todos los retos que la novedad conlleva, pero mis colegas son amables y desprendidos, acogedores y amigables; andar en metro es a veces tedioso pero nunca más que eso y siempre seguro y confiable; lavar platos no nos hace felices, pero tampoco mata.  Se extraña a los amigos, claro, pero ahora tenemos casas esperándonos en otra ciudad más y visitas que llegan a refrescarnos el alma y gente que nos rodea y nos hace la vida más sencilla y que serán, lo sé, los grandes amigos que extrañaremos cuando, quién sabe cuando, partamos también de estas tierras que ahora nos acogen.  

La vida es simple, pero es buena.  Caminamos mucho, conversamos más, aprendemos, gozamos lo que tenemos, pensamos en lo que dejamos, hacemos planes y soñamos.  Si todo eso es posible en una ciudad, es que esa ciudad es un buen lugar para quedarse.

Todo esto lo pensaba el viernes aún doliente y cansado.  Un par de horas después desperté, tomamos un taxi y fuimos al Conservatorio de Música.  Por noventa minutos escuchamos al «Takács Quartet», un extraordinario grupo de cuerdas que tocó a Mozart, Janácek, Smetana.  Fue un bálsamo, una mano tendida, una respuesta a mis inquietudes y un momento de paz que justificó todo lo extraviado.  A mi lado vi a mi infinita Alesia que sonreía floreciente; por eso, sobre todo por ellas, estamos aquí.

Sunday, September 15, 2013

Kopi 3

El kopi, el café singapurense, tiene un sabor particular y se debe, según descubro en la página web de «Nanyang old coffee» (cafetería que prometo visitar para comprobar eso de «mantenemos la buena práctica del tradicional café de Singapur»), a que, además de pasarse a mano (en una cafeteras extraordinarias de pico interminable con las que los encargados hacen malabares), es previamente tostado junto a una pequeña porción de azúcar caramelizada y otra de mantequilla.

El «kopi» puede tomarse en distintas presentaciones.  El clásico es el que lleva café, dos cucharadas de leche condensada, un chorrito de leche evaporada y agua (ese es «kopi», a secas).  De ahí en adelante vienen las diferentes y particulares variantes.  Si cambias la leche condensada por azúcar, tienes un «kopi C»; si no quieres azúcar ni leche condensada (solo evaporada), pide un «kopi C kosong»; si no quieres ni leche condensada ni evaporada, entonces es un «kopi O» (o sea, café negro y azúcar); si quieres solo café negro (sin leche ninguna ni dulce alguno), debes decir «kopi O kosong».  Ahora bien, algunas palabritas hacen posible personalizarlo aún más:  si deseas cualquiera variación de las mencionadas pero helada, agrega «peng» (o sea, «con hielo»); si lo quieres menos dulce, «siew dai»; si se te antoja más azucarado, «ga dai»; si necesitas un café fuerte, «gao»; si no dormiste y estás urgido de una bomba de cafeína, pues «di lo» y te dan un triple; y si, por el contrario, sufres de presión alta o no puedes dormir con mucho café en el cuerpo, pídelo «ligerito» sumándole un «poh» a tu solicitud.

Uno puede tomarse un «kopi» en cualquier «hawker centre», los tradicionales y popularísimos restaurantes (parecidos a los «huecos» y «huariques» de comida que abundan en nuestros mercados) o, en su versión moderna, en los centros comerciales (los famosos «food court» que a acá son «hawkers con aire acondicionado» porque, salvo algunos lugares «muy occidentalizados», no hay cadenas de hamburguesas ni de pizzas, sino comida oriental).

En los quioscos donde venden comida (hay de todo, pero eso será materia de otro texto, otro día), no ofrecen nada para beber; generalmente hay uno o dos locales con los «bebestibles».  Uno es la juguería (jugos de fruta recién preparados que, sin ser como los de «Las delicias» en Lima, son muy sabrosos) y, el otro, la cafetería (donde también venden té y puedes tomarlo en las mismas variedades que el café cambiando la palabra «kopi» por «teh»).

La otra opción es visitar alguno de las modernas/clásicas cafeterías.  Hasta donde sé, son dos las más famosas y extendidas por la isla/estado, «Ya Kun» y «Toast Box». Están en casi todos los centros comerciales y en algunas grandes estaciones del metro.  La primera tiene más locales que la segunda, la segunda es más moderna; la primera es simple, la segunda minimalista; en la segunda hay más gente joven y la primera es como ir a un «té de tías». Ambas sirven un buen café, las dos ofrecen tostadas y huevos.

Nosotros preferimos «Toast Box», ¿por qué? No estoy seguro, aunque me atrevo a decir que el ambiente es más acogedor (si bien ambos cafés tienen pocas duras sillas y muchos bancos ingratos con salva sea la parte, como para que no te quedes sentado allí indefinidamente).  Además, todos los locales de «Toast Box» tienen un toque personal (un antiguo radio en «Paragon», un amplio sofá en «Jems», ¡un piano en «Yew Tee»!) que los hacen particulares. A mi infinita Alesia le gusta más el café que allí sirven y para mí es una delicia volver a la infancia remojando una tostada mantequilluda en el kopi humenante.

Sin embargo, sobre todas las cosas, creo que lo preferimos porque disfrutamos, cada tarde, antes de echarnos a andar los tres kilómetros del corredor peatonal que conecta Yew Tee con el edificio donde vivimos, una conversación que incluye las novedades del día, planes, sonrisas, dos kopis y cuatro huevos duros (donde la yema, invariablemente, conserva el corazón a medio cocinar, tierno y sabroso). 

Sunday, September 01, 2013

Kopi

http://daneshd.com/2010/02/28/a-rough-guide-to-ordering-local-coffee-in-singapore/
La foto no es mía, se halla en el artículo
«A Rough Guide to Ordering Local Coffee
in Singapore» de Danesh Daryanani,
a quien no conozco pero cuya nota
sobre el kopi agradezco.
A mi infinita Alesia le gusta el café, es más, lo necesita, lo prefiere fuerte y sin azúcar, si quiere algo dulce (asumiendo que no le baste con su  sonrisa), un chocolate o unas galletitas pueden acompañarlo, pero casi siempre lo disfruta así, simple y amargo.  Yo, que no tengo ni su constancia ni su fuerza, le tengo que poner azúcar.  Además, no sé si me gustan tanto o si lo que más me entusiasma es ese momento que compartimos conversándonos las humeantes tazas (aunque los treinta grados de temperatura de Singapur sean más para el «Milo» helado de mi infancia —que en Singapur, donde es muy popular, le dicen «maylo», pronunciándolo cómo en inglés— o, mejor, en su versión «extra» —el «Milo Dinosaurio»—, que consiste en la leche chocolatada y mucho hielo, todo bañado en un par de generosas cucharas soperas de ese chocolate granulado).

En el Perú tomaba poco café, era más de infusiones (el sabor del té nunca me ha convencido) que evitaban que echara azúcar.  Manzanilla, sobre todo.  La hierbaluisa era rara y solo había en las casas donde (como en la de Mati) la sembraban (aunque siempre sospeché de la mala leche de la decena de Jack Russel Terriers y el Dóberman que hacían de las suyas en el jardín inmenso de La Planicie).

El café en el Perú (corríjaseme si miento) es muy popular, pero nunca solo. Un país que se precia de su comida, que tiene una infinidad de dulces, galletas, bocaditos y tentempiés, no podría cultivar la tradición del café en solitario (como el castizo «café bebido»), imposible.   Nosotros debemos «acompañarlo» porque eso es lo compatible con nuestro espíritu gregario.  Así como todos los platos fuertes salen casi invariablemente «con arroz» (absurdo muy nuestro, que le dimos la papa al mundo y después se nos dio por sembrar y comer arroz), de igual forma, el cafecito viene «al menos, con su galleta más».  Por lo general, las cafeterías y restaurantes preparan un café aceptable, cuando no sabroso, pero, lamentablemente, no recuerdo «el café» cuya nostalgia me perturbe (¿alguna recomendación?).

Del casi año que pasé en los Estados Unidos no guardo ningún café memorable, aunque debo de haberme tomado varias decenas de capuchinos en el «Gran Inka» de Key Biscayne, donde pasé tantas horas leyendo y escribiendo, siempre atendido por Carla, toda ella inolvidable.  Recorrí, lo sé, varios de los muchos restaurantes que abundan en Lincoln Road (en uno descubrí —para serle siempre devoto— la «mozzarella di bufala campana», pero esa es otra historia) y debo haberme despachado infinidad de capuchinos con tres o cuatro sobres de «Splenda» —ese edulcorante que dicen, ¡claro!, que no da cáncer—, pero no hubo aquel que pudiera quedarse conmigo como para celebrarlo ahora.

Creo que fue en México donde me reencontré con el «azúcar rubia» (por eso del cáncer que generan los edulcorantes, aunque, puestos a apostar, supongo que el infarto le lleva ventaja a cualquier odiosa neoplasia —¡qué nombre tan lindo para algo tan feo!—) y no sé por qué sospecho que eso hizo que mi dosis de café (siempre con leche) fuera en aumento. Creo acordarme de haber tomado infinitos capuchinos —calientes y helados— en muchos de los casi doscientos Sanborns alrededor del país (especialmente en el de Plaza Loreto, que me quedaba al frente).  Allí pasé tanto tiempo que solo recuerdo que, entre café y café, me leí todos los diarios locales que allí prestaban, tratando de entender a un país que, siendo maravilloso y teniendo gente tan padre, se desangra en matanzas feroces y se deshace en medio de una corrupción salvaje.  Ingenuo yo.  Las respuestas se hallan encriptadas tanto en los «corridos» (y en los «narcocorridos», sus hijos bastardos) como en las «calaveras», delirantes y burlonas, que se escriben por el día de los muertos.

A Indonesia llegué leyendo que producía el famoso (¡y carísmo!) «kopi luwak», cuyos granos son rescatados de las heces de un mamífero carnívoro que se llama «civeta de las palmeras». ¿Prejuicio escatológico o económico?, no sé, pero no me convencieron ni su origen ni los diez dólares por taza que les cobran a los sorprendidos «bulé» (blanco tonto). Además, el café puro (como el cubano que sirven en Miami, que es capaz de sacarlo a uno de un coma profundo) nunca ha sido mi predilecto; tanto me gusta la leche que ni siquiera mi intolerancia lactosa ha conseguido que abandone el regalo de las apacibles vacas.

Sin embargo, mi infinita siempre persiguió buenos cafés y eso nos hizo asiduos transeúntes de las calles de Yakarta y buscadores de cafeterías.  «Anomali» se queda con el primer lugar y su local primigenio (ese, tan simple y tan rústico, en Jalan Senopati), con mi preferencia.  «Coffee Bean» y «Starbucks» se convirtieron, en una ciudad invadida por motocicletas y sin aceras, en un mal necesario (y agradecido).  En nuestros últimos meses en el país de las diecisiete mil islas, fuimos (mea culpa) asiduos al Starbucks que abrieron al frente del edificio donde vivíamos, hallamos que su «mediocridad estandarizada» era razón suficiente para evitar el insufrible tráfico de Yakarta.

Hasta que nos mudamos a Singapur...

Sunday, August 18, 2013

Viernes por la noche

La semana fue dura.  Primeros días de clases.  Los jóvenes siempre jóvenes y nosotros, los profesores, un año más viejos.  País nuevo, mudanza, estar a medio estar, entre las paredes aún sin los cuadros, que miran impacientes desde el suelo, los pocos libros que han sobrevivido mis andanzas aún en las cajas, el sillón rojo todavía abandonado sin un sofá que lo acompañe, el comedor inexistente, la tetera fungiendo de jarra y el barrio que habitamos aún el misterio que vamos resolviendo poco a poco con las caminatas vespertinas.

Cuando camino —perdóneseme la manía de saltar de asunto en tema tan villanamente—  no puedo dejar de pensar en mis padres.  Ellos caminaban Lima y, cada tanto, mi papá, en medio de sus discursos interminables de los que solo mi madre sabía llevar el hilo, se detenía, volteaba y le hablaba mirándola, como si eso que estaba pronunciando no pudiera decirse viendo el horizonte y fuera imprescindible hacerlo también con los ojos.  Tampoco puedo dejar de pensar en mi amigo Pato, tan humano, que allá, en Buenos Aires, camina desde hace tres décadas con Marisa, la muchacha aquella que se encontró en la cola para matricularse en la universidad y con quien debe haber andando, feliz, miles de veces, las mismas veredas que Borges fatigó, viéndolo todo, tan ciego.

Decía que la semana fue dura y nos encontró más viejos (y miento, porque ella es infinita y lo infinito no conoce el paso del tiempo) y así el viernes llegó, como un salvavidas, con sus sonrisas, sus pausas, sus celebraciones.  Nos encontramos en el metro, como en las películas.  "En el primer vagón". Solo que yo, siempre en la luna, estaba en el otro lado del andén, yendo en sentido contrario.  "Baja en la próxima estación y yo subo en el siguiente tren, siempre en el vagón del comienzo" y allí estaba ella, sonriente, siempre, entusiasta, siempre, dulce y serena, feliz y llena de esa energía que es tan suya y que es mía, porque me la robo y porque ella la comparte generosa.

"Vamos al centro, se presenta una cantante latinoamericana en un café".  Y fuimos.

Hay que decir que esas calles son distintas.  Ahora que ya no somos turistas, ahora que Singapur es donde estamos y que decidimos mudarnos a un barrio casi sin extranjeros, las calles del centro, tan pobladas de turistas y expatriados (esa linda palabrita, tan prima hermana del exilio, el pariente pobre) nos parecen otro mundo.  Empiezo a creer que dos Singapures cohabitan en esta isla, ese, de turistas y ejecutivos, que empieza en el aeropuerto de Changi, salta a los centros comerciales de Orchard y se da una vuelta por los casinos de Sentosa; y el otro, el que nos cobija, el de carne y hueso, el "de a verdad", el que busca su identidad en la fusión de tres culturas que conviven tercamente en paz, el de los grandes edificios de apartamentos (HDB), los "hawkers", el "chicken rice" y el kopi que tan amablemente va engordándome con sus dos cucharadas de leche condensada que endulzan ese café, negro y poderoso, capaz de hacer saltar el corazón más viejo como si se tratase del de un chiquillo.

Las calles del centro están pobladas.  Es viernes y todos han decidido que hay que cansar la fatiga de la semana saliendo y celebrando la vida, reafirmándose en el entusiasmo, encarando el desaliento de los músculos y extenuando el agobio, confundiéndolo.  Estamos en la calle Victoria —como mi madre, como mi hermana, como esa promesa de donde se agarra la vida— y caminamos hasta la Pinang.  Es un barrio bohemio.  Allí puede toparse uno con un concierto, una sesión de jazz, bares, cafés y uno que otro establecimiento de luces llamativas y puertas sospechosamente discretas.

Nosotros andamos del brazo, conversando las calles.  Buscamos, sin apuro y entusiastas, el establecimiento donde nos han prometido un concierto de música en castellano.  Lo encontramos.  Se llama "Artistry". Cuadros en las paredes, una mesa larga, un sillón, una barra, sillas desparramadas, esperándonos.  Hay flores cerca de la entrada.  Saludamos a la cantante, joven, entusiasta, llena de vida.  Está sola, ordenando y ordenándose, preparando el espacio y el alma para cantarnos.  Se llama Elisa García, es de Uruguay.  Su pareja, Kailin Yong, es de Singapur; por él ella está acá.  Todo eso pregunto, todo eso responde Elisa con amable paciencia. Nada más sabemos. Por ahora.

"¡Buena suerte y feliz día!"  Elisa ha decidido ofrecer un concierto en la fecha misma de su cumpleaños y acá estamos, para celebrar con ella, para celebrar la vida, para celebrarnos.

Sunday, August 04, 2013

Mi Casa

No se crea que mi silencio nace de la flojera (vieja amiga de largas jornadas, que no es de gentil negar pero que ya no invoco, tanto). 

Sucede que han sido quince días feroces entre la "semana de asentamiento" (traducción mía y espantosa de "settling in week"), la bienvenida, las cenas, las charlas "de adaptación", la nueva cuenta bancaria, el nuevo número de teléfono, la búsqueda de departamento, la negociación con los agentes (el de los dueños y la nuestra, que siempre son dos y los paga el dueño, salvo que el alquiler sea por menos de tres mil dólares y, entonces, mala suerte, pagas tú) y la administración del colegio (que finalmente es quien garantiza los pagos), la firma de una especie de "carta de intención", la revisión milimétrica (y aburrida) del lugar (en Singapur donde el más común y corriente de los departamentos privados pasa los setecientos mil dólares los dueños suelen ser quisquillosos), las fotos, más firmas, el traspaso de los servicios (agua, luz y gas no se asignan a una dirección sino a una persona, así que si te vas sin pagar igual te persiguen), el GIRO (que ellos pronuncian "yairo"), que no es otra cosa que el débito directo de tu cuenta de ahorros, con lo cual se evitan —ellos— los "este mes no me alcanzó" —tuyos—; y la compra de los electrodomésticos y los muebles (¿para qué escogimos un departamento desamoblado y sin aparatos eléctricos?, ¡si uno hubiera sabido los mil tipos de lavadoras y secadoras que existen!) y buscar la cama (¿tienen idea de los precios y de las infinitas opciones de colchones, almohadas y frazadas que en el mundo son y cuánto se demoran en mandarla del salón de exhibición a tu dormitorio?) y el sofá-cama ("por favor lo necesito para mañana que no tenemos dónde dormir") y entregarle los huesos por una semana al comprado en IKEA (donde, si eres, como yo, inútil y no tienes carro, debes agregarle al súper precio el 8% del valor total para que te lo armen "porque en IKEA no armamos los muebles para que usted disfrute la experiencia y así bajar los costos" y otros cincuenta y cinco dólares por el transporte, "porque en IKEA dejamos que usted transporte sus muebles para abaratar los precios") y, finalmente, la mudanza, o sea, la llegada del contenedor con las cuatro pilchas de las que uno no supo deshacerse (y, claro, si tienes mala suerte, la nueva administración del condominio ha decidido que no se pueden hacer mudanzas los fines de semana, así que debes ver cómo te escapas de la oficina cuando tiene cien reuniones y mil cosas que aprender y preparar antes de que lleguen mil quinientos alumnos), los señores que vienen cargando los 49 bultos ("una nada", según dicen los amigos gerentes que tienen más años —y presupuesto— cambiándose de países con sus familias) y las fotos que el encargado le toma a todo ("como evidencia, señor") y "cuidado con el piano" (y, "¡sí!, funciona") y "los libros acá" y "la ropa allá" y la cama (esa, la recién comprada, que aterrizó bondadosa, el mismo día) y todo lo que falta; que la escoba, el trapeador, el balde, la franela, la aspiradora (a estas alturas me pregunto si habito un departamento de cien metros cuadrados o si soy el encargado de una línea de abastecimiento militar en mitad de una feroz guerra de guerrillas) y las sillas y la mesa y el sofá (que siguen siendo una promesa) y los marcos con cien mil fotos de esas, "engaña nostalgias", abandonados contra el muro de la sala (porque en Indonesia era tan fácil colgarlos impunemente y ahora, acá, en la civilizada Singapur, me dicen que no, "mejor no pongas clavos que luego te va a costar una fortuna reparar la pared" —amén de la media fortuna que cuesta ponerlos—) y el cable con sus cuchucientos canales ("solo hasta el miércoles, para que vea qué le gusta") entre los cuales hay que escoger todo aquello a lo que se anime el presupuesto e Internet ("fibra óptica es mejor y más barato", pero, claro, se demoran un mes en conectarla) y la espalda que duele (y duele) porque a uno, gordo y fuera de forma, se le ocurre hacerse el valiente y ponerse a barrer con un escobillón minúsculo y odioso que, sin embargo, se veía lindo en la tienda (mi admiración y respeto a todos los barrenderos del mundo inmortalizados por Cantinflas) y los supermercados abarrotados (acá todos están comprando) y los restaurantes (los baratos y los caros) con colas interminables (porque los que no están comprando, están comiendo, que en Singapur "a todos les gusta comer pero nadie cocina") y el calor que no se rinde (son treinta grados en promedio casi todos los días) y, encima, los ciclistas que (¡San Gervasio los castigue!) han decidido que la vía peatonal es menos peligrosa que la pista (o sea, estrellarse contra un infeliz es menos riesgoso —para ellos, que no para el caminante— que hacerlo contra uno de los buses de transporte público) con lo cual arruinan lo maravilloso de las veredas y los parques que abundan...

No diré más.  Mañana es el primer día "con todos los profesores" y tenemos unas tres mil quinientas reuniones de coordinación, de las cuales las que más me interesan son —no hay que ser adivino para suponerlo— las que servirán para determinar las formas, modos y extensión de los cursos que dictaré (ya sé que a algún malpensado se le ocurrió que iba a escribir "los desayunos" que, dicho sea de paso, son soberbios). 

En una semana más llegan todos los alumnos y allí estaremos, en las trincheras, como siempre, aunque cada vez parezca la primera.

Ah, mi condominio (corrijo, "el condominio donde queda el departamento que alquilamos") se llama "Mi Casa" (a la foto me remito) y —"a pesar de los pesares"— nos gusta —y mucho—. 

Ya escribiré más al respecto.  Por ahora me quedo con esa frase, tan mexicana y tan querida, "mi casa es su casa" y, sí, acá, usted, tú, ustedes (avisen, no más, que solo hay un cuarto de huéspedes) tienen, ya lo saben, su casa en "Mi Casa", que queda en Choa Chu Kang o "CiCiKei", como dicen los locales.  El kopi del "hawker centre" más cercano (diez minutos andando) es delicioso y solo cuesta un dólar. ¡La casa invita!

Saturday, July 06, 2013

Entre Botero y Dalí

A través de los años, mi hermana, que trabaja en el mundo de los seguros, me ha lavado amorosamente el cerebro con eso de "es mejor tener un seguro y no necesitarlo, que necesitar un seguro y no tenerlo"; por eso, aunque jamás lo usamos, no me arrepiento de los varios miles de dólares que pagamos en Indonesia "por si acaso". Es harto sabido que los seguros se basan en la ley de probabilidades, o sea, "es muy probable que, de los muchos que los pagan, solo unos cuantos los usen".  El riesgo (para las aseguradoras, claro) de que uno empiece a gastarles dinero aumenta si las condiciones personales son desfavorablemente (sedentarismo, obesidad, tabaquismo y un montón de etcéteras), pero si eres joven y saludable (¿quién dijo yo?), ese riesgo es mínimo. Como soy tonto pero no tanto, tengo consciencia de que, sin una póliza de seguro médico, de presentarse un problema mayor (en países donde los sistemas de salud pública son infames o inexistentes) sencillamente hay que morirse, porque lo que el diablo pudiera ofrecer por nuestras almas pecaminosas jamás alcanzaría para pagar las facturas, inmensas como un tumor hipertrofiado, con las que suelen despedirnos los honrados doctores de sus clínicas con aire acondicionado, cuando nos dan de alta o cuando ("hay cosas que están en las manos de dios") nuestros deudos llorosos quieren retirar nuestro cadáver.

Estar "entre trabajos" puede ponernos (hablando de seguros, coberturas y demás hierbas) en zonas grises o "tierras de nadie".  Claro que un hombre previsor (yo no lo soy, pero mi hermana es persuasiva y convincente y los años van enseñando a golpes) debe tomar la precaución de extender la cobertura del seguro del "trabajo anterior" hasta los días en que se inicia la protección del seguro del "nuevo trabajo". Y así lo hice.  Todos menos el de vida.

Lo gracioso (o terrible, según se vea) del seguro de vida, es que para conseguirlo, hay que morirse (algo así como que, para verificar eso de la vida eterna, hay que abandonar esta efímera existencia y "usted primero, caballero").  Lo bueno (¡hay que mantener las actitud positiva!) es que tus herederos, a los cuales ibas a dejarle solo deudas, reciben un algo que puede darles tiempo para digerir la pena, recomponerse y empezar de nuevo.

No hablo de los seguros de vida de las telenovelas, esos que hacen millonaria a la viuda (negra) o al hijo (ingrato), me refiero a los sencillos, comunes y silvestres, que tenemos nosotros, empleados asalariados y aspirantes a raquíticos burgueses, que permiten que (además) la familia no se descalabre económicamente a la hora (accidental, importuna e imprevista) de morirnos.

El mío (el seguro, digo, el anterior) expiró en junio y el nuevo no me cubre hasta fines de julio, dejándome casi cuatro semanas "fuera de juego".  Ahora bien, entiendo que lo más recomendable (y grato) sería no morirse, pero cuando uno se trepa a un avión que va a recorrer, dos veces en una semana, los quince mil kilómetros que separan Singapur y Nueva York, las apuestas empiezan y uno, mortal al fin, se pone nervioso.

Seguro de vida por tres semana no te venden o no sé o no supe buscarlo, lo que sí te ofrecen con mayor entusiasmo es el "de accidentes para viajeros", eso sí, conseguirlo fue otra historia que dejo para otro día (a ver si alguien me explica, ¿qué sentido tiene poder comprarlo "online" cuando luego te piden que imprimas todo y resulta que tú, de vacaciones y en medio de la mudanza, no tienes ninguna impresora a la mano).

Lo cierto es que ya soy un viajero asegurado (y hasta prometen pagarme ochenta dólares si mi vuelo se demora más de seis horas) y, supongo, debo sentirme feliz como la familia que aparece sonriente en el folleto.  No sé, creo que prefiero no morirme ni accidentarme ni perder los vuelos.  Además, con la lista de exclusiones tan grande y odiosa que tiene mi seguro, me dan ganas de decirle a mi (aún) improbable viuda: "si te pagan, vamos a medias".

Coda explicatoria: ¿Y qué tienen que ver Botero y Dalí con mi seguro de viajero? Nada.  Solo que la oficina donde lo compré queda en la zona financiera de Singapur y allí, frente al río, después de malgastar un par de horas en deprimentes papeleos, nos encontramos con sendas estatuas del colombiano y del español, y mi mujer sonreía como dos vidas y yo decidí no morirme (al menos por ahora) y entendí que lo que acabábamos de pagar por el seguro era, en realidad, una donación para aquellos que, casi siempre, tienen mucho dinero, pero son muy pobres.

Sunday, June 30, 2013

De Singapur a Malasia (y viceversa)

Cuando los niveles de polución en Singapur alcanzaron cimas históricas (que causaron histeria en la población y que algunos inescrupulosos —los hay todas partes— aprovecharon para "ganarse alguito" cobrando de más por las máscaras N95), nosotros, (aún) valientes turistas, nos decidimos por la huida al norte. Los vientos habían convertido la "Ciudad de los Leones" en una especie de Londres invernal con olor a parrillada y a treinta grados centígrados. Kuala Lumpur estaba libre de la humareda y a una distancia que nos liberaba de la necesidad de aviones y aeropuertos en la comodidad de un bus "deluxe", ideal para las casi doce semanas de embarazo (el de ella, claro, que mi barriga nada tiene que ver con la perpetuación de la especie sino, si quieren, con todo lo contrario).

El plan de evacuación empezó estableciendo comunicación con los dos refugios que allá tenemos (como dijo alguna vez Julio Ramón Ribeyro, "para qué quiero millones sin tengo amigos"). Ambos (ambas) respondieron afirmativamente. Gabriela y Amy son dos grandes amigas y estar con ellas y sus familias, es como estar en casa.

Amy estaba por partir de vacaciones a China y me desaconsejó el trote, "la contaminación está viniendo al norte, hoy amaneció el cielo oscuro, mejor vete a Bali, however, mi casa es tu casa (gringa ella, ama la frase mexicana y la honra), ven cuando quieras".

Gabriela, con quien comparto el pasaporte y, sobre todo, la amistad desde hace tanto, me reconfirmó las noticias, "Kuala amaneció un poco oscura, pero vente, que está mejor que en Singapur, tenemos una cena en casa, así que si te tomas el bus de las siete, llegas para el postre" (clarification for non-latinos: el postre en las cenas latinas puede servirse entre las once de la noche y las dos de la madrugada).

Para ir de Singapur a Kuala Lumpur existen decenas de líneas de buses que ofrecen, todas, el "mejor servicio" y el más rápido y los asientos más cómodos y todo eso. Consejo, si se sabe el destino final en Malasia, es mejor usar el servicio de la compañía que llegue más cerca a ese punto. Es de suponerse que, debido a las siempre exigentes normas singapurenses, no hay ninguna línea que sea tan mala (por lo mismo, si se viene en sentido inverso, tómese la que mejor se antoje, que acá, en esta isla, no hay cómo perderse).

Gabriela me dijo "toma Odyssey que te deja en la puerta del edificio". Si cualquier otra persona me recomendara viajar en una empresa que se llama "Odisea", yo —que, como Borges, creo que "el nombre es arquetipo de la cosa"— declinaría amablemente en favor de compañías como "First Coach", "Five Stars", "Luxury Tour" o "Super Nice"; pero si alguien sabe de viajes y compras es Gaby, así que adquirí los boletos en Internet (SG$50,00 c/u, solo ida).

Llegamos a la plaza "Balestier" a las 18:30 para tomar el bus de las 19:00. Partió a tiempo.

En el ómnibus no hay baño, pero sí tienen "wifi" y películas (con su pantallita individual, tipo avión moderno). Sirven comida (nada memorable, mejor llevar chocolates y galletas o sánguches de "7-Eleven" —los de huevo y queso, están buenos—) y dan agua o café. Cada dos horas se detienen para quien quiera estirar las piernas o necesite darle paz a la vejiga. El viaje es casi por completo en autopista, rápido y, me pareció, bastante seguro.

Una de las paradas es en la frontera, hay que pasar migraciones tanto en Singapur como en Malasia y, en uno de los extremos (el del país al cual está uno ingresando), hay un control de aduanas (quien venga a Singapur, que no traiga alcohol ni cigarros). No se tarda más de quince minutos. Si se quiere usar el baño, úsese el del lado de Singapur, siempre está más limpio.

En cinco horas llegamos (en Odyssey) a "Mont Kiara", zona moderna, limpia, tranquila y grata a la vista, hasta donde la neblina nos permitió observar. El bus, como Gabriela lo había anunciado, nos dejó en la puerta de "MK10", el condominio donde ella y Rudi (y Macarena y Lara y Ale) nos recibieron con los abrazos, las celebraciones, la alegría y la generosidad, con la que solo pueden recibir aquellos que han hecho de la amistad una nueva forma de familia.

Hubo quesos, lomo saltado, postre, historias, teacuerdas y todo eso que hace la gente cuando se quiere y se reúne y celebra la vida.

Todo estuvo extraordinario, salvo que, al amanecer del día siguiente, los cielos estaban tapados y los noticieros anunciaban que la contaminación, por capricho del viento, "se aleja de Singapur y ya ha llegado a Kuala Lumpur...".

Friday, June 21, 2013

De humos (en Singapur) y fuegos (en Indonesia)

Si de algo de jactan en Singapur (en realidad se precian de mucho, y razones no les faltan —ni ganas de recordárselo a sus vecinos—) es de ser una "ciudad jardín", tan eficiente, que muy pronto se convertirá, lo dicen ellos, en una "ciudad en el jardín". De hecho, el crecimiento exponencial de los espacios verdes y el aumento sostenido de la biodiversidad, permiten hallar zonas verdes por todas partes, tanto así que aún en Orchard Road —la más comercial y "aconcretada"de sus calles— es posible escuchar el canto de los pájaros compitiendo, con bastante alegría, contra los motores de los muchos carros y la música de las infinitas tiendas.

En Singapur, como en la Lima de mi infancia, se puede beber el agua que llega por la tubería sin tener que pasarla por filtros ni exorcismos, cuando ni en la vecina Yakarta ni en Johor, la provincia fronteriza con Malasia de donde Singapur importa parte del agua pura que consume, nadie se atreve a beberla del caño, ni con filtro. También es posible (y común, ¡y sabroso!) comer en los restaurantes populares —los famosos "hawkers"— donde, por unos cuantos dólares locales (US$1,00=SG$1,25), de rey a paje disfrutan de comida china, india, malaya, indonesia, turca y occidental, sin temor a infecciones ni enfermedades.

Ahora bien, en este jardín limpio y ordenado (no entraré en detalles políticos-policiales, solo diré que el caos de los países vecinos nos es, ni de lejos, el aceptable producto de democracias exquisitas y libérrimas), cae como un balde de agua fría o, para ser más exactos, como una brasa hirviente, cuando los vecinos del sur, especialmente en Sumatra, se dedican al bonito deporte de incendiar bosques naturales y desechos vegetales con el propósito de preparar el campo para sembrar más plantas de palma y producir más aceite.

La producción de aceite de palma ha sido cuestionada por muchas instituciones por ser ecológicamente insostenible, destructora del medio ambiente y de la biodiversidad. El cultivo de la palma es una de las causas esenciales de la pérdida del 40% de los bosques en la isla más grande de Indonesia y, además, ha puesto al borde de la extinción especie únicas como el tigre y el rinoceronte de Sumatra y el orangután. Sin embargo —y acá se complica el asunto—, el negocio del aceite de palma genera, solo en Indonesia, ventas anuales cercanas a los veinte mil millones de dólares y permite la creación —directa e indirecta— de unos seis millones de puestos de trabajo.

Los problemas de las "quemas" en Sumatra y Borneo vienen de lejos. Incinerar los campos ha sido una forma tradicional de preparar la tierra para el próximo cultivo, la diferencia es que una cosa es la quema artesanal de pequeños grupos de campesinos y, otra —ferozmente distinta y brutalmente mayor—, es cuando las corporaciones hacen lo mismo, en cientos de hectáreas, para abaratar sus costos de operación.

Ya en 1997, Singapur y varias regiones de Malasia, sufrieron por varios meses las consecuencias de los incendios causados en Indonesia. Esta crisis originó que la ASEAN (Association of Southeast Asian Nations) produjeran un "Convenio sobre la contaminación atmosférica transfronteriza". Solo uno de los países miembros no lo ha ratificado: Indonesia.

Esta semana, el problema ha escalado. Si en 1997 se llegó a niveles de polución de 226 (sobre un máximo de 500, donde más de 200 es "muy insalubre" y más de 300, "peligroso"), el viernes 21 de junio, al mediodía, las lecturas de la Agencia Nacional del Medio Ambiente de Singapur marcaron 401.

Las quejas de Singapur han sido calificadas "quejas de niños nerviosos" por el Ministro de Bienestar de Indonesia, quien ha agregado que muchas corporaciones productoras de aceite de palma que trabajan en Indonesia, son de capitales de Singapur o tienen sus oficinas allá. Singapur ha respondido pidiendo que se identifique a las empresas dueñas de las plantaciones para perseguirlas si están en su jurisdicción, a lo que Indonesia ha contestado que ellos van a juzgarlos (¡con lo eficaz y proba que es la justicia indonesia!).

Sin embargo, la perla más deliciosa ha surgido de otras declaraciones de ese mismo Ministro de Bienestar quien, temprano, acorralado por la campaña mediática que condenaba los incendios, protestó contra la ciudad-estado: "Singapur no dice nada cuando tiene aire fresco, pero se queja de la contaminación ocasional...". ¡Habrase visto!

Sunday, June 16, 2013

So far, va bien

El aeropuerto de Changi es la primera cara que nos muestra Singapur; es eficiente, limpio y ordenado, una delicia para cualquiera que se haya pasado demasiadas horas en un avión hinchándose y deshidratándose.  La espera en "Migraciones" es corta y entiendo que se ha organizado de manera tal que no transcurran más de treinta minutos entre el aterrizaje del avión y el momento en que el pasajero recoge sus maletas.

Los taxistas en Singapur no son siempre los más amables del mundo y muchos viven atrapados en esa urgencia nacional de hacerlo todo rápido, cosa que a veces puede traducirse en intolerancia e incomprensibles gruñidos en "singlish" (que es la lengua del buen Shakespeare mezclada con malayo, chino, tamil y lo que se ofrezca, o sea, como el "spanglish" pero "más worst").  En mi experiencia, los taxistas de origen indio son los más simpáticos y dicharacheros (a veces demasiado), pero son los menos; la mayoría de choferes son chinos, los hay neuróticos y amables, más los últimos que los primeros, por suerte.

Vivimos, por ahora, bajo el amparo de una amiga cuyas vacaciones en Sri Lanka nos permiten hacer de "okupas" de lujo en el distrito número 10 (Farrer/Holland), a pocos minutos en metro de Orchard y sus miles de tiendas, cafeterías, restaurantes y hoteles.  La zona es hermosa y elegante, una tentación.  El departamento que habitamos es pequeño pero suficiente (lo único incómodo es la ducha, donde me siento Gulliver en Liliput, pero entiendo que es más culpa mía que del infame arquitecto).

Si la idea es pasar solo unos días en esta isla, definitivamente, esta es una zona ideal, cerca de todo lo que el turista quiere ver y experimentar; si el asunto, en cambio, es mudarse a vivir en este país, intuyo que no es posible ni saludable exprimir todos los días como si estuviéramos de vacaciones (menos si uno es, mea culpa, profesor cuarentón de adolescentes hiperactivos y tiene que levantarse a las cinco de la mañana para la "caminata-contra-el-infarto", indispensablemente tempranera porque en la tarde no me mueven ni con grúa) y considero beneficioso alejarse (más que para mí, para mi pobre víctima que soporta, celestial e infinita, la escasa resistencia de mi buen humor entre las multitudes), irse, poner alguna distancia entre todos los felices turistas y el suscrito.

Nuestra primera semana en Singapur ha sido realmente productiva.  Comprar una línea telefónica (o sea, una "sim card, con minutos y data") es tan fácil como presentar el pasaporte, siempre y cuando sea pre-pago; el servicio de la empresa M1 es bueno y la cobertura amplia.  Realizar los trámites burocráticos para conseguir el carnet de "trabajador no inmigrante" es sencillo (bueno, no los hice yo, solo fui a que me tomaran las fotos y las huellas); hay que esperar poco menos de una semana para recibir el documento.  Hacer el mercado es un paseo; tiendas hay muchas y de todos los precios (o sea, "caras" y "más caras"), por ejemplo, cuanto más cerca a las zonas residenciales estés, pagarás más por la botella de agua (que puede costar, la misma, entre SG$0,40 y SG$2,00).

Es posible (y es casi siempre un gusto) comer en un infinito número de lugares, desde los famosos "hawkers centers" (algo así como la versión pasteurizada de las anticucheras del Estadio Nacional del Perú) hasta los restaurantes de lujo, pasando por una gama inmensa de "fast foods", "food courts" y cafeterías.  Lo que se gasta depende de uno, pero con SG$7,00, "la haces" en un hawker.  A los amantes del café, Singapur les ofrece cada vez más lugares a dónde ir, desde el tradicional "kopi" (el más famoso está mezclado con leche condensada) hasta un clásico "capuchino". Un buen café (y a veces uno malo) puede costar entre SG$5,00 y SG$8,00; eso sí, es posible tomarse un sabroso "kopi" por solo SG$1,00.

Dos "algos" más.  Primero; en las farmacias.  Eso de "venta bajo receta médica", funciona, así que quien vengan por estos lares apertréchese bien de pastillas o tendrá que ir muy pronto a un GP (General Practitioner) por una receta. Segundo; los baños. Más en los establecimientos públicos que en los privados, pero igual, casi todos, casi siempre, ¡están limpios!

Estas son solo algunas primeras y desordenadas impresiones; discúlpenseme los saltos temáticos y las acrobacias verbales (que a estas alturas de mis kilos son las únicas que me quedan).

De a pocos, como quien saborea los minutos conversándose un café con un buen amigo, profundizaré en estos y otros temas si ustedes, insobornables lectores, permiten que siga yo robándome su tiempo.

Saturday, June 08, 2013

Lento, pero no flojo

Cuando salí de Lima, en agosto del 2006, no imaginé que se haría tan larga mi ausencia.  Entonces otra era la noble víctima de esta sociable misantropía que las muchachas en ropas ligeras de "South Beach" no lograron curarme.

Miami, y más tarde la Ciudad de México, fueron algo así como el preámbulo, los primeros desconcertados pasos, de un exilio dorado que aún me mantiene lejos.  Yakarta, caótica y amable, se convirtió en la inesperada y solaz consecuencia de esta huida hacia adelante que ha sido mi vida ("si vas a escapar, al menos que parezca que estás atacando").

La capital de Indonesia es una metáfora del archipiélago en donde se encuentra; islas, gente, grupos, razas, religiones, separados por las aguas, casi siempre contaminadas, de los ríos desbordados.  Hay aventureros (y aún hay más aventureras, pero esa ya es crónica de mi pasado) que se atreven a cruzar los charcos que no pocas veces ocultan abismos, sin embargo, la gran mayoría vive en su islote, en su burbuja, en su espacio más o menos protegido y atravesado tan solo (es un decir) por la marabunta de motocicletas que todo lo capturan, efímeras colonizadoras, como las inundaciones.

Yo empecé mi vida gitana a la edad en que mis amigos ya criaban hijos, pagaban hipotecas y se preocupaban por sus inversiones y el fondo de jubilación.  Ellos regresaban y yo recién partía.

Hay gente precoz, esos que hacen todo pronto, impacientes, como apurados por la vida, y hay quienes nos tomamos un tiempo (o mucho).  Para cualquiera que se haya topado con mi humanidad, está claro que pertenezco a la raza de los remolones; al clan de los "poltrones y perezosos" que no andamos con apuros.  El ejemplo más sencillo es la ducha, con perdón.  Mis amigos deportistas, quién sabe cómo, necesitan cinco minutos para pasar de ser una sopa maloliente de sudores a (re)convertirse en los sujetos fresquísimos que exudan "aftersheif".  A mí me toma una hora hacerlo con calma y sesenta minutos apurado, solo que si corro, amén de no ahorrar tiempo, termino como mis amigos antes del baño; así que, vamos despacio.  

Soy lento, tardío.  Publiqué tarde mis primeros poemas y, luego, mis libros.  Tarde me casé y, más tarde todavía, me re-casé (las declaro inocentes).  Tarde me hice a las distancias y al mar (o al avión, que es lo que corresponde a nuestros tiempos). Tarde dejé la Coca-cola, tarde (ojalá que no mucho) empecé a caminar para postergar el infarto (y, claro, supongo que la dieta la empezaré -es un decir- demasiado tarde; pero no nos pongamos depresivos).  Para terminar (o para empezar, según se mire, y yo lo veo bien porque -tarde también- me he vuelto optimista), parece que será tarde, bien entrada la cuarentena, cuando me estrene como padre.

Lento, sí, pero no flojo, que sigo dándole cuerda al reloj de las andanzas.  Ahora, otra vez, acompañado de una mujer inmensa y buena (que en eso los viejos dioses siempre fueron generosos), voy camino a otra aventura.  Acá comienza, sin más pretensiones que tenerlos cerca, que robarme sus ojos por un rato, la crónica de mis días y mis alegrías en Singapur (las penas, y espero que esas sí lleguen muy tarde, serán solo mías).

Empezamos a abordar. Viajaremos novecientos kilómetros al norte.  Adiós Yakarta; nos vemos en la Ciudad de los Leones.