Ser un expatriado, de estos que somos, de los privilegiados que gozamos la suerte de tener un trabajo que nos gusta y un sueldo que no nos hará ricos pero que nos permite ciertas comodidades y proyectos, tiene ventajas innegables. Uno conoce el mundo; lugares como la Muralla China, el templo de Borobudor o la isla de Bali, están al alcance de un vuelo en aerolíneas de bajo costo, y comer platos tailandeses o indios se convierte en una rutina sin el menor atisbo de exótico ritual. Los chauvinismos regionalistas o patrioteros se convierten en eso, una fiebre adolescente o una anécdota provinciana. El mundo se hace más corto y la patria de uno, la pequeña, la familia, el barrio, los amigos de todos los días, se aclaran y pierden esas manchas —irrelevantes pero odiosas— que genera la cotidianeidad.
Es allí donde la nostalgia encuentra su esquina, su saliente, el punto del cual agarrarse para que empecemos a cuestionarnos la ausencia, para que las distancias se hagan canallas y para que la lejanía carezca de justificaciones. Entonces es cuando ser un expatriado se vuelve odioso, por lo que nos quita, por lo que se roba, por el peaje que nos cobra despacio, sin aspavientos, pero sin piedad.
Ser exiliado del idioma es un problema que se soluciona estudiando o recluyéndose en el silencio, mejor lo primero que lo segundo; los kilómetros que separan la historia oficial (los muertos, los enfermos, los casados, los recién nacidos) se pelean con las armas de la tecnología; el grueso de las actividades sociales, el ocio del fin de semana, la sed de las tardes, se aplastan a golpe de nuevas relaciones, de amigos nuevos, cumpleaños de otros y celebraciones ajenas. Sin embargo, lo básico, lo esencial de las relaciones de la juventud y de la infancia, es inimitable y no hay solución de continuidad que lo supla o lo supere.
Hoy celebramos un cumpleaños. Fue un «brunch», un desayuno-almuerzo delicioso. Seríamos poco menos de treinta personas, entre grandes y chicos. Los habíamos de muchas nacionalidades, de Francia —los más—, de los Estados Unidos, de Australia, de la India, de España, de Bielorrusia, de Argentina y este «peruano del Perú», como el burro vallejiano de las largas orejas. Fue una reunión estupenda, el ambiente no pudo ser más cálido, la comida no pudo ser más sabrosa y la fraternidad no pudo ser más honesta y transparente para un montón de desconocidos unidos por el afecto de la encantadora cumpleañera.
Como los latinoamericanos tenemos la mala costumbre de juntarnos «entre nosotros» (en realidad esa necesidad gregaria es universal, salvo que los latinos hacemos más ruido y eso nos pone en evidencia), nos pusimos a conversar (que Alesia ya es «de nosotros») con una delicada, amable y paciente argentina que resistió heroica la andanada de mis preguntas (que a la «cara de cura» con que nací le acompaña un «complejo de periodista» que aún no entiendo bien cómo tolera tanta buena gente a la que atormento con mi curiosidad acerca del laberinto —de ángeles y monstruos— que es el comportamiento humano). Entre las muchas cosas de las que hablamos, «allá» —Buenos Aires para ella, Lima para mí—, fue uno de los tópicos más visitados, y las «cosas nuestras», esas que nos definen, que ponen de manifiesto que somos latinos, que hacen que compartamos una manera de ver el mundo y de relacionarnos con la gente que nos rodea, recorrieron la conversación entre risas y añoranzas.
La familia, los amigos, las costumbres invencibles y tercas, los gestos y palabras que allá son no solo comunes sino indispensables, las historias, los cuentos repetidos, las anécdotas que hicieron de ese allá, «nuestro allá» y que nos dejaron marcadas formas de expresarnos, de revelarnos, de presentarnos al mundo y de crear amistades, ese todo que choca con otros usos, que se estrella con otras costumbres, que apaciguamos o moderamos o escondemos porque «acá no», porque «no van a entender», porque este «acá», aún amable, aún grato, aún acogedor y lleno de gente de bien que nos recibe con los brazos abiertos, nunca podrá ser (para los que aún pensamos que la patria es «esta urgencia de decir nosotros» de la que habló Benedetti —y perdónesenos la banderita—) ese «allá» que dejamos alguna tarde con el íntimo deseo de volver (aunque sea solo para descubrir que lo imaginamos o que ya no existe).
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Sunday, November 24, 2013
Cosas nuestras
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Sunday, August 18, 2013
Viernes por la noche
La semana fue dura. Primeros días de clases. Los jóvenes siempre jóvenes y nosotros, los profesores, un año más viejos. País nuevo, mudanza, estar a medio estar, entre las paredes aún sin los cuadros, que miran impacientes desde el suelo, los pocos libros que han sobrevivido mis andanzas aún en las cajas, el sillón rojo todavía abandonado sin un sofá que lo acompañe, el comedor inexistente, la tetera fungiendo de jarra y el barrio que habitamos aún el misterio que vamos resolviendo poco a poco con las caminatas vespertinas.
Cuando camino —perdóneseme la manía de saltar de asunto en tema tan villanamente— no puedo dejar de pensar en mis padres. Ellos caminaban Lima y, cada tanto, mi papá, en medio de sus discursos interminables de los que solo mi madre sabía llevar el hilo, se detenía, volteaba y le hablaba mirándola, como si eso que estaba pronunciando no pudiera decirse viendo el horizonte y fuera imprescindible hacerlo también con los ojos. Tampoco puedo dejar de pensar en mi amigo Pato, tan humano, que allá, en Buenos Aires, camina desde hace tres décadas con Marisa, la muchacha aquella que se encontró en la cola para matricularse en la universidad y con quien debe haber andando, feliz, miles de veces, las mismas veredas que Borges fatigó, viéndolo todo, tan ciego.
Decía que la semana fue dura y nos encontró más viejos (y miento, porque ella es infinita y lo infinito no conoce el paso del tiempo) y así el viernes llegó, como un salvavidas, con sus sonrisas, sus pausas, sus celebraciones. Nos encontramos en el metro, como en las películas. "En el primer vagón". Solo que yo, siempre en la luna, estaba en el otro lado del andén, yendo en sentido contrario. "Baja en la próxima estación y yo subo en el siguiente tren, siempre en el vagón del comienzo" y allí estaba ella, sonriente, siempre, entusiasta, siempre, dulce y serena, feliz y llena de esa energía que es tan suya y que es mía, porque me la robo y porque ella la comparte generosa.
"Vamos al centro, se presenta una cantante latinoamericana en un café". Y fuimos.
Hay que decir que esas calles son distintas. Ahora que ya no somos turistas, ahora que Singapur es donde estamos y que decidimos mudarnos a un barrio casi sin extranjeros, las calles del centro, tan pobladas de turistas y expatriados (esa linda palabrita, tan prima hermana del exilio, el pariente pobre) nos parecen otro mundo. Empiezo a creer que dos Singapures cohabitan en esta isla, ese, de turistas y ejecutivos, que empieza en el aeropuerto de Changi, salta a los centros comerciales de Orchard y se da una vuelta por los casinos de Sentosa; y el otro, el que nos cobija, el de carne y hueso, el "de a verdad", el que busca su identidad en la fusión de tres culturas que conviven tercamente en paz, el de los grandes edificios de apartamentos (HDB), los "hawkers", el "chicken rice" y el kopi que tan amablemente va engordándome con sus dos cucharadas de leche condensada que endulzan ese café, negro y poderoso, capaz de hacer saltar el corazón más viejo como si se tratase del de un chiquillo.
Las calles del centro están pobladas. Es viernes y todos han decidido que hay que cansar la fatiga de la semana saliendo y celebrando la vida, reafirmándose en el entusiasmo, encarando el desaliento de los músculos y extenuando el agobio, confundiéndolo. Estamos en la calle Victoria —como mi madre, como mi hermana, como esa promesa de donde se agarra la vida— y caminamos hasta la Pinang. Es un barrio bohemio. Allí puede toparse uno con un concierto, una sesión de jazz, bares, cafés y uno que otro establecimiento de luces llamativas y puertas sospechosamente discretas.
Nosotros andamos del brazo, conversando las calles. Buscamos, sin apuro y entusiastas, el establecimiento donde nos han prometido un concierto de música en castellano. Lo encontramos. Se llama "Artistry". Cuadros en las paredes, una mesa larga, un sillón, una barra, sillas desparramadas, esperándonos. Hay flores cerca de la entrada. Saludamos a la cantante, joven, entusiasta, llena de vida. Está sola, ordenando y ordenándose, preparando el espacio y el alma para cantarnos. Se llama Elisa García, es de Uruguay. Su pareja, Kailin Yong, es de Singapur; por él ella está acá. Todo eso pregunto, todo eso responde Elisa con amable paciencia. Nada más sabemos. Por ahora.
"¡Buena suerte y feliz día!" Elisa ha decidido ofrecer un concierto en la fecha misma de su cumpleaños y acá estamos, para celebrar con ella, para celebrar la vida, para celebrarnos.
Cuando camino —perdóneseme la manía de saltar de asunto en tema tan villanamente— no puedo dejar de pensar en mis padres. Ellos caminaban Lima y, cada tanto, mi papá, en medio de sus discursos interminables de los que solo mi madre sabía llevar el hilo, se detenía, volteaba y le hablaba mirándola, como si eso que estaba pronunciando no pudiera decirse viendo el horizonte y fuera imprescindible hacerlo también con los ojos. Tampoco puedo dejar de pensar en mi amigo Pato, tan humano, que allá, en Buenos Aires, camina desde hace tres décadas con Marisa, la muchacha aquella que se encontró en la cola para matricularse en la universidad y con quien debe haber andando, feliz, miles de veces, las mismas veredas que Borges fatigó, viéndolo todo, tan ciego.
Decía que la semana fue dura y nos encontró más viejos (y miento, porque ella es infinita y lo infinito no conoce el paso del tiempo) y así el viernes llegó, como un salvavidas, con sus sonrisas, sus pausas, sus celebraciones. Nos encontramos en el metro, como en las películas. "En el primer vagón". Solo que yo, siempre en la luna, estaba en el otro lado del andén, yendo en sentido contrario. "Baja en la próxima estación y yo subo en el siguiente tren, siempre en el vagón del comienzo" y allí estaba ella, sonriente, siempre, entusiasta, siempre, dulce y serena, feliz y llena de esa energía que es tan suya y que es mía, porque me la robo y porque ella la comparte generosa.
"Vamos al centro, se presenta una cantante latinoamericana en un café". Y fuimos.
Hay que decir que esas calles son distintas. Ahora que ya no somos turistas, ahora que Singapur es donde estamos y que decidimos mudarnos a un barrio casi sin extranjeros, las calles del centro, tan pobladas de turistas y expatriados (esa linda palabrita, tan prima hermana del exilio, el pariente pobre) nos parecen otro mundo. Empiezo a creer que dos Singapures cohabitan en esta isla, ese, de turistas y ejecutivos, que empieza en el aeropuerto de Changi, salta a los centros comerciales de Orchard y se da una vuelta por los casinos de Sentosa; y el otro, el que nos cobija, el de carne y hueso, el "de a verdad", el que busca su identidad en la fusión de tres culturas que conviven tercamente en paz, el de los grandes edificios de apartamentos (HDB), los "hawkers", el "chicken rice" y el kopi que tan amablemente va engordándome con sus dos cucharadas de leche condensada que endulzan ese café, negro y poderoso, capaz de hacer saltar el corazón más viejo como si se tratase del de un chiquillo.
Las calles del centro están pobladas. Es viernes y todos han decidido que hay que cansar la fatiga de la semana saliendo y celebrando la vida, reafirmándose en el entusiasmo, encarando el desaliento de los músculos y extenuando el agobio, confundiéndolo. Estamos en la calle Victoria —como mi madre, como mi hermana, como esa promesa de donde se agarra la vida— y caminamos hasta la Pinang. Es un barrio bohemio. Allí puede toparse uno con un concierto, una sesión de jazz, bares, cafés y uno que otro establecimiento de luces llamativas y puertas sospechosamente discretas.
Nosotros andamos del brazo, conversando las calles. Buscamos, sin apuro y entusiastas, el establecimiento donde nos han prometido un concierto de música en castellano. Lo encontramos. Se llama "Artistry". Cuadros en las paredes, una mesa larga, un sillón, una barra, sillas desparramadas, esperándonos. Hay flores cerca de la entrada. Saludamos a la cantante, joven, entusiasta, llena de vida. Está sola, ordenando y ordenándose, preparando el espacio y el alma para cantarnos. Se llama Elisa García, es de Uruguay. Su pareja, Kailin Yong, es de Singapur; por él ella está acá. Todo eso pregunto, todo eso responde Elisa con amable paciencia. Nada más sabemos. Por ahora.
"¡Buena suerte y feliz día!" Elisa ha decidido ofrecer un concierto en la fecha misma de su cumpleaños y acá estamos, para celebrar con ella, para celebrar la vida, para celebrarnos.
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Saturday, June 08, 2013
Lento, pero no flojo
Cuando salí de Lima, en agosto del 2006, no imaginé que se haría tan larga mi ausencia. Entonces otra era la noble víctima de esta sociable misantropía que las muchachas en ropas ligeras de "South Beach" no lograron curarme.
Miami, y más tarde la Ciudad de México, fueron algo así como el preámbulo, los primeros desconcertados pasos, de un exilio dorado que aún me mantiene lejos. Yakarta, caótica y amable, se convirtió en la inesperada y solaz consecuencia de esta huida hacia adelante que ha sido mi vida ("si vas a escapar, al menos que parezca que estás atacando").
La capital de Indonesia es una metáfora del archipiélago en donde se encuentra; islas, gente, grupos, razas, religiones, separados por las aguas, casi siempre contaminadas, de los ríos desbordados. Hay aventureros (y aún hay más aventureras, pero esa ya es crónica de mi pasado) que se atreven a cruzar los charcos que no pocas veces ocultan abismos, sin embargo, la gran mayoría vive en su islote, en su burbuja, en su espacio más o menos protegido y atravesado tan solo (es un decir) por la marabunta de motocicletas que todo lo capturan, efímeras colonizadoras, como las inundaciones.
Yo empecé mi vida gitana a la edad en que mis amigos ya criaban hijos, pagaban hipotecas y se preocupaban por sus inversiones y el fondo de jubilación. Ellos regresaban y yo recién partía.
Hay gente precoz, esos que hacen todo pronto, impacientes, como apurados por la vida, y hay quienes nos tomamos un tiempo (o mucho). Para cualquiera que se haya topado con mi humanidad, está claro que pertenezco a la raza de los remolones; al clan de los "poltrones y perezosos" que no andamos con apuros. El ejemplo más sencillo es la ducha, con perdón. Mis amigos deportistas, quién sabe cómo, necesitan cinco minutos para pasar de ser una sopa maloliente de sudores a (re)convertirse en los sujetos fresquísimos que exudan "aftersheif". A mí me toma una hora hacerlo con calma y sesenta minutos apurado, solo que si corro, amén de no ahorrar tiempo, termino como mis amigos antes del baño; así que, vamos despacio.
Soy lento, tardío. Publiqué tarde mis primeros poemas y, luego, mis libros. Tarde me casé y, más tarde todavía, me re-casé (las declaro inocentes). Tarde me hice a las distancias y al mar (o al avión, que es lo que corresponde a nuestros tiempos). Tarde dejé la Coca-cola, tarde (ojalá que no mucho) empecé a caminar para postergar el infarto (y, claro, supongo que la dieta la empezaré -es un decir- demasiado tarde; pero no nos pongamos depresivos). Para terminar (o para empezar, según se mire, y yo lo veo bien porque -tarde también- me he vuelto optimista), parece que será tarde, bien entrada la cuarentena, cuando me estrene como padre.
Lento, sí, pero no flojo, que sigo dándole cuerda al reloj de las andanzas. Ahora, otra vez, acompañado de una mujer inmensa y buena (que en eso los viejos dioses siempre fueron generosos), voy camino a otra aventura. Acá comienza, sin más pretensiones que tenerlos cerca, que robarme sus ojos por un rato, la crónica de mis días y mis alegrías en Singapur (las penas, y espero que esas sí lleguen muy tarde, serán solo mías).
Empezamos a abordar. Viajaremos novecientos kilómetros al norte. Adiós Yakarta; nos vemos en la Ciudad de los Leones.
Miami, y más tarde la Ciudad de México, fueron algo así como el preámbulo, los primeros desconcertados pasos, de un exilio dorado que aún me mantiene lejos. Yakarta, caótica y amable, se convirtió en la inesperada y solaz consecuencia de esta huida hacia adelante que ha sido mi vida ("si vas a escapar, al menos que parezca que estás atacando").
La capital de Indonesia es una metáfora del archipiélago en donde se encuentra; islas, gente, grupos, razas, religiones, separados por las aguas, casi siempre contaminadas, de los ríos desbordados. Hay aventureros (y aún hay más aventureras, pero esa ya es crónica de mi pasado) que se atreven a cruzar los charcos que no pocas veces ocultan abismos, sin embargo, la gran mayoría vive en su islote, en su burbuja, en su espacio más o menos protegido y atravesado tan solo (es un decir) por la marabunta de motocicletas que todo lo capturan, efímeras colonizadoras, como las inundaciones.
Yo empecé mi vida gitana a la edad en que mis amigos ya criaban hijos, pagaban hipotecas y se preocupaban por sus inversiones y el fondo de jubilación. Ellos regresaban y yo recién partía.
Hay gente precoz, esos que hacen todo pronto, impacientes, como apurados por la vida, y hay quienes nos tomamos un tiempo (o mucho). Para cualquiera que se haya topado con mi humanidad, está claro que pertenezco a la raza de los remolones; al clan de los "poltrones y perezosos" que no andamos con apuros. El ejemplo más sencillo es la ducha, con perdón. Mis amigos deportistas, quién sabe cómo, necesitan cinco minutos para pasar de ser una sopa maloliente de sudores a (re)convertirse en los sujetos fresquísimos que exudan "aftersheif". A mí me toma una hora hacerlo con calma y sesenta minutos apurado, solo que si corro, amén de no ahorrar tiempo, termino como mis amigos antes del baño; así que, vamos despacio.
Soy lento, tardío. Publiqué tarde mis primeros poemas y, luego, mis libros. Tarde me casé y, más tarde todavía, me re-casé (las declaro inocentes). Tarde me hice a las distancias y al mar (o al avión, que es lo que corresponde a nuestros tiempos). Tarde dejé la Coca-cola, tarde (ojalá que no mucho) empecé a caminar para postergar el infarto (y, claro, supongo que la dieta la empezaré -es un decir- demasiado tarde; pero no nos pongamos depresivos). Para terminar (o para empezar, según se mire, y yo lo veo bien porque -tarde también- me he vuelto optimista), parece que será tarde, bien entrada la cuarentena, cuando me estrene como padre.
Lento, sí, pero no flojo, que sigo dándole cuerda al reloj de las andanzas. Ahora, otra vez, acompañado de una mujer inmensa y buena (que en eso los viejos dioses siempre fueron generosos), voy camino a otra aventura. Acá comienza, sin más pretensiones que tenerlos cerca, que robarme sus ojos por un rato, la crónica de mis días y mis alegrías en Singapur (las penas, y espero que esas sí lleguen muy tarde, serán solo mías).
Empezamos a abordar. Viajaremos novecientos kilómetros al norte. Adiós Yakarta; nos vemos en la Ciudad de los Leones.
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