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Monday, September 23, 2013

Por eso

La semana fue intensa.  El viernes estaba cansado, hecho una ruina, algo de lo que comí me cayó mal y regresé al departamento sin más ganas que olvidarme de mí.  Adolorido y sentado en el sillón que hace años me acompaña, me preguntaba por qué nos habíamos mudamos a Singapur.

Vivíamos en Indonesia, el departamento que nos alojaba quedaba a trescientos metros de mi salón de clases, Imah, la incansable señora que trabajaba con nosotros, mantenía todo a la perfección (amén de que cocina delicioso), Cecep conducía con serenidad y cautela nuestra camioneta, éramos (aparentemente) millonarios (con una rupiah devaluada a un cambio de ocho mil por un dólar que, según leo, se ha devaluado un 20% más en los últimos meses) y Bali estaba al alcance de la mano.  Luego de cinco años, mi salón de clases era mi pequeño paraíso, mantenía excelentes relaciones con mis colegas, teníamos buenos amigos con los cuales podíamos pasar horas conversando alrededor de un café, estábamos entrenados para una vida social interesante (a veces intensa), y éramos parte de una comunidad latina y peruana, variopinta y llena de energía, alegría y entusiasmo, con un embajador nuestro, humano y encantador con el que solíamos devorar el sublime «mousse» de chocolate de «Plan B», el mejor restaurante de Yakarta para pasar un viernes en la noche comiendo tapas y celebrando la vida con los potajes caseros con los que Oskár nos hacía olvidar todas las razones (solo mencionaré el tráfico, la contaminación, la informalidad y la corrupción) por las cuales un lustro allá nos pareció suficiente y decidimos partir.

Khalil Gibrán decía que partir no es como cambiarse de camisa sino de piel.  Lo entendí hace siete años cuando, perro viejo ya y acostumbrado a mi lugar, a mi calle, a mi parque y a mis amigos de toda la vida, empecé a deambular por el mundo.  Cuando salí de Lima en agosto del dos mil seis, no tenía claro que el asunto era para largo y para lejos, pero fue.  Miami, Ciudad de México y Yakarta, han sido lugares donde habité, conocí gente, hice amigos, probé los mejores manjares y anduve calles persiguiendo sueños y fantasmas.  Cada lugar tuvo algo especial y siempre hallé gente con la cual compartir el pan y la palabra, esas cosas simples e indispensables que nos humanizan.

Cuando acepté el trabajo en Singapur empezaron las voces de alerta: «espero que te estén pagando el doble», «la gente allá es intratable», «es imposible hacer amigos entre los locales», «esa gente solo piensa en el dinero», «olvídate de tu camioneta», «todo es carísimo» y sería mentir si no dijera que el asunto me puso un  poco nervioso.  Singapur habia sido, hasta entonces, un refugio contra el desorden amigable pero feroz de Yakarta.  Cada vez que queríamos huir unos días de la confusión, Gaby y Rudy nos abrían generosos las puertas de su departamento y disfrutábamos de unos días maravillosos en familia, con paseos por Orchard, visitas a Sentosa y comidas espectaculares en los tantos y buenos restaurantes de la ciudad.  Sin duda, la isla no se caracterizaba por sus precios bajos pero, qué importaba, estábamos de vacaciones.

En junio nos mudamos.  Y, sí, Singapur es cara, pero no más cara que las tantas ciudades grandes en el mundo y, como todas ellas, tiene una segunda vida, una capa que no es la que se ve en las propagandas o en las visitas guiadas, un mundo inmenso (e intenso) que se desenvuelve más allá de los famosos centros comerciales, los casinos y los parques de diversiones, un país real que, como todo lo que recibe el rocío de lo cierto, tiene sus grandezas y sus miserias, sus descubrimientos y sus decepciones.  Hemos hallado, sí, al cretino que comparte ascensor contigo y es incapaz de devolver el saludo, al necio que se hace el dormido para no darle el asiento a una mujer embarazada, al infeliz que va en su bicicleta por la vereda y a toda velocidad; pero también hemos encontrado a las chicas que atienden en el café y saludan alegres de vernos y se saben de memoria nuestro pedido, al señor que se levanta para darle el asiento a la embarazada avergonzado del muchacho que no lo hace, al ciclista que baja la velocidad y pide disculpas y agradece cuando le cedemos. Hemos descubierto una humanidad como todas, como tantas, generosa y solidaria; un espacio habitado por gente encantadora que son y significan mucho más que los eventuales desdichados y pobres diablos que por allí aparecen.

El trabajo es nuevo y tiene todos los retos que la novedad conlleva, pero mis colegas son amables y desprendidos, acogedores y amigables; andar en metro es a veces tedioso pero nunca más que eso y siempre seguro y confiable; lavar platos no nos hace felices, pero tampoco mata.  Se extraña a los amigos, claro, pero ahora tenemos casas esperándonos en otra ciudad más y visitas que llegan a refrescarnos el alma y gente que nos rodea y nos hace la vida más sencilla y que serán, lo sé, los grandes amigos que extrañaremos cuando, quién sabe cuando, partamos también de estas tierras que ahora nos acogen.  

La vida es simple, pero es buena.  Caminamos mucho, conversamos más, aprendemos, gozamos lo que tenemos, pensamos en lo que dejamos, hacemos planes y soñamos.  Si todo eso es posible en una ciudad, es que esa ciudad es un buen lugar para quedarse.

Todo esto lo pensaba el viernes aún doliente y cansado.  Un par de horas después desperté, tomamos un taxi y fuimos al Conservatorio de Música.  Por noventa minutos escuchamos al «Takács Quartet», un extraordinario grupo de cuerdas que tocó a Mozart, Janácek, Smetana.  Fue un bálsamo, una mano tendida, una respuesta a mis inquietudes y un momento de paz que justificó todo lo extraviado.  A mi lado vi a mi infinita Alesia que sonreía floreciente; por eso, sobre todo por ellas, estamos aquí.

Sunday, September 15, 2013

Kopi 3

El kopi, el café singapurense, tiene un sabor particular y se debe, según descubro en la página web de «Nanyang old coffee» (cafetería que prometo visitar para comprobar eso de «mantenemos la buena práctica del tradicional café de Singapur»), a que, además de pasarse a mano (en una cafeteras extraordinarias de pico interminable con las que los encargados hacen malabares), es previamente tostado junto a una pequeña porción de azúcar caramelizada y otra de mantequilla.

El «kopi» puede tomarse en distintas presentaciones.  El clásico es el que lleva café, dos cucharadas de leche condensada, un chorrito de leche evaporada y agua (ese es «kopi», a secas).  De ahí en adelante vienen las diferentes y particulares variantes.  Si cambias la leche condensada por azúcar, tienes un «kopi C»; si no quieres azúcar ni leche condensada (solo evaporada), pide un «kopi C kosong»; si no quieres ni leche condensada ni evaporada, entonces es un «kopi O» (o sea, café negro y azúcar); si quieres solo café negro (sin leche ninguna ni dulce alguno), debes decir «kopi O kosong».  Ahora bien, algunas palabritas hacen posible personalizarlo aún más:  si deseas cualquiera variación de las mencionadas pero helada, agrega «peng» (o sea, «con hielo»); si lo quieres menos dulce, «siew dai»; si se te antoja más azucarado, «ga dai»; si necesitas un café fuerte, «gao»; si no dormiste y estás urgido de una bomba de cafeína, pues «di lo» y te dan un triple; y si, por el contrario, sufres de presión alta o no puedes dormir con mucho café en el cuerpo, pídelo «ligerito» sumándole un «poh» a tu solicitud.

Uno puede tomarse un «kopi» en cualquier «hawker centre», los tradicionales y popularísimos restaurantes (parecidos a los «huecos» y «huariques» de comida que abundan en nuestros mercados) o, en su versión moderna, en los centros comerciales (los famosos «food court» que a acá son «hawkers con aire acondicionado» porque, salvo algunos lugares «muy occidentalizados», no hay cadenas de hamburguesas ni de pizzas, sino comida oriental).

En los quioscos donde venden comida (hay de todo, pero eso será materia de otro texto, otro día), no ofrecen nada para beber; generalmente hay uno o dos locales con los «bebestibles».  Uno es la juguería (jugos de fruta recién preparados que, sin ser como los de «Las delicias» en Lima, son muy sabrosos) y, el otro, la cafetería (donde también venden té y puedes tomarlo en las mismas variedades que el café cambiando la palabra «kopi» por «teh»).

La otra opción es visitar alguno de las modernas/clásicas cafeterías.  Hasta donde sé, son dos las más famosas y extendidas por la isla/estado, «Ya Kun» y «Toast Box». Están en casi todos los centros comerciales y en algunas grandes estaciones del metro.  La primera tiene más locales que la segunda, la segunda es más moderna; la primera es simple, la segunda minimalista; en la segunda hay más gente joven y la primera es como ir a un «té de tías». Ambas sirven un buen café, las dos ofrecen tostadas y huevos.

Nosotros preferimos «Toast Box», ¿por qué? No estoy seguro, aunque me atrevo a decir que el ambiente es más acogedor (si bien ambos cafés tienen pocas duras sillas y muchos bancos ingratos con salva sea la parte, como para que no te quedes sentado allí indefinidamente).  Además, todos los locales de «Toast Box» tienen un toque personal (un antiguo radio en «Paragon», un amplio sofá en «Jems», ¡un piano en «Yew Tee»!) que los hacen particulares. A mi infinita Alesia le gusta más el café que allí sirven y para mí es una delicia volver a la infancia remojando una tostada mantequilluda en el kopi humenante.

Sin embargo, sobre todas las cosas, creo que lo preferimos porque disfrutamos, cada tarde, antes de echarnos a andar los tres kilómetros del corredor peatonal que conecta Yew Tee con el edificio donde vivimos, una conversación que incluye las novedades del día, planes, sonrisas, dos kopis y cuatro huevos duros (donde la yema, invariablemente, conserva el corazón a medio cocinar, tierno y sabroso). 

Sunday, September 01, 2013

Kopi

http://daneshd.com/2010/02/28/a-rough-guide-to-ordering-local-coffee-in-singapore/
La foto no es mía, se halla en el artículo
«A Rough Guide to Ordering Local Coffee
in Singapore» de Danesh Daryanani,
a quien no conozco pero cuya nota
sobre el kopi agradezco.
A mi infinita Alesia le gusta el café, es más, lo necesita, lo prefiere fuerte y sin azúcar, si quiere algo dulce (asumiendo que no le baste con su  sonrisa), un chocolate o unas galletitas pueden acompañarlo, pero casi siempre lo disfruta así, simple y amargo.  Yo, que no tengo ni su constancia ni su fuerza, le tengo que poner azúcar.  Además, no sé si me gustan tanto o si lo que más me entusiasma es ese momento que compartimos conversándonos las humeantes tazas (aunque los treinta grados de temperatura de Singapur sean más para el «Milo» helado de mi infancia —que en Singapur, donde es muy popular, le dicen «maylo», pronunciándolo cómo en inglés— o, mejor, en su versión «extra» —el «Milo Dinosaurio»—, que consiste en la leche chocolatada y mucho hielo, todo bañado en un par de generosas cucharas soperas de ese chocolate granulado).

En el Perú tomaba poco café, era más de infusiones (el sabor del té nunca me ha convencido) que evitaban que echara azúcar.  Manzanilla, sobre todo.  La hierbaluisa era rara y solo había en las casas donde (como en la de Mati) la sembraban (aunque siempre sospeché de la mala leche de la decena de Jack Russel Terriers y el Dóberman que hacían de las suyas en el jardín inmenso de La Planicie).

El café en el Perú (corríjaseme si miento) es muy popular, pero nunca solo. Un país que se precia de su comida, que tiene una infinidad de dulces, galletas, bocaditos y tentempiés, no podría cultivar la tradición del café en solitario (como el castizo «café bebido»), imposible.   Nosotros debemos «acompañarlo» porque eso es lo compatible con nuestro espíritu gregario.  Así como todos los platos fuertes salen casi invariablemente «con arroz» (absurdo muy nuestro, que le dimos la papa al mundo y después se nos dio por sembrar y comer arroz), de igual forma, el cafecito viene «al menos, con su galleta más».  Por lo general, las cafeterías y restaurantes preparan un café aceptable, cuando no sabroso, pero, lamentablemente, no recuerdo «el café» cuya nostalgia me perturbe (¿alguna recomendación?).

Del casi año que pasé en los Estados Unidos no guardo ningún café memorable, aunque debo de haberme tomado varias decenas de capuchinos en el «Gran Inka» de Key Biscayne, donde pasé tantas horas leyendo y escribiendo, siempre atendido por Carla, toda ella inolvidable.  Recorrí, lo sé, varios de los muchos restaurantes que abundan en Lincoln Road (en uno descubrí —para serle siempre devoto— la «mozzarella di bufala campana», pero esa es otra historia) y debo haberme despachado infinidad de capuchinos con tres o cuatro sobres de «Splenda» —ese edulcorante que dicen, ¡claro!, que no da cáncer—, pero no hubo aquel que pudiera quedarse conmigo como para celebrarlo ahora.

Creo que fue en México donde me reencontré con el «azúcar rubia» (por eso del cáncer que generan los edulcorantes, aunque, puestos a apostar, supongo que el infarto le lleva ventaja a cualquier odiosa neoplasia —¡qué nombre tan lindo para algo tan feo!—) y no sé por qué sospecho que eso hizo que mi dosis de café (siempre con leche) fuera en aumento. Creo acordarme de haber tomado infinitos capuchinos —calientes y helados— en muchos de los casi doscientos Sanborns alrededor del país (especialmente en el de Plaza Loreto, que me quedaba al frente).  Allí pasé tanto tiempo que solo recuerdo que, entre café y café, me leí todos los diarios locales que allí prestaban, tratando de entender a un país que, siendo maravilloso y teniendo gente tan padre, se desangra en matanzas feroces y se deshace en medio de una corrupción salvaje.  Ingenuo yo.  Las respuestas se hallan encriptadas tanto en los «corridos» (y en los «narcocorridos», sus hijos bastardos) como en las «calaveras», delirantes y burlonas, que se escriben por el día de los muertos.

A Indonesia llegué leyendo que producía el famoso (¡y carísmo!) «kopi luwak», cuyos granos son rescatados de las heces de un mamífero carnívoro que se llama «civeta de las palmeras». ¿Prejuicio escatológico o económico?, no sé, pero no me convencieron ni su origen ni los diez dólares por taza que les cobran a los sorprendidos «bulé» (blanco tonto). Además, el café puro (como el cubano que sirven en Miami, que es capaz de sacarlo a uno de un coma profundo) nunca ha sido mi predilecto; tanto me gusta la leche que ni siquiera mi intolerancia lactosa ha conseguido que abandone el regalo de las apacibles vacas.

Sin embargo, mi infinita siempre persiguió buenos cafés y eso nos hizo asiduos transeúntes de las calles de Yakarta y buscadores de cafeterías.  «Anomali» se queda con el primer lugar y su local primigenio (ese, tan simple y tan rústico, en Jalan Senopati), con mi preferencia.  «Coffee Bean» y «Starbucks» se convirtieron, en una ciudad invadida por motocicletas y sin aceras, en un mal necesario (y agradecido).  En nuestros últimos meses en el país de las diecisiete mil islas, fuimos (mea culpa) asiduos al Starbucks que abrieron al frente del edificio donde vivíamos, hallamos que su «mediocridad estandarizada» era razón suficiente para evitar el insufrible tráfico de Yakarta.

Hasta que nos mudamos a Singapur...

Sunday, August 18, 2013

Viernes por la noche

La semana fue dura.  Primeros días de clases.  Los jóvenes siempre jóvenes y nosotros, los profesores, un año más viejos.  País nuevo, mudanza, estar a medio estar, entre las paredes aún sin los cuadros, que miran impacientes desde el suelo, los pocos libros que han sobrevivido mis andanzas aún en las cajas, el sillón rojo todavía abandonado sin un sofá que lo acompañe, el comedor inexistente, la tetera fungiendo de jarra y el barrio que habitamos aún el misterio que vamos resolviendo poco a poco con las caminatas vespertinas.

Cuando camino —perdóneseme la manía de saltar de asunto en tema tan villanamente—  no puedo dejar de pensar en mis padres.  Ellos caminaban Lima y, cada tanto, mi papá, en medio de sus discursos interminables de los que solo mi madre sabía llevar el hilo, se detenía, volteaba y le hablaba mirándola, como si eso que estaba pronunciando no pudiera decirse viendo el horizonte y fuera imprescindible hacerlo también con los ojos.  Tampoco puedo dejar de pensar en mi amigo Pato, tan humano, que allá, en Buenos Aires, camina desde hace tres décadas con Marisa, la muchacha aquella que se encontró en la cola para matricularse en la universidad y con quien debe haber andando, feliz, miles de veces, las mismas veredas que Borges fatigó, viéndolo todo, tan ciego.

Decía que la semana fue dura y nos encontró más viejos (y miento, porque ella es infinita y lo infinito no conoce el paso del tiempo) y así el viernes llegó, como un salvavidas, con sus sonrisas, sus pausas, sus celebraciones.  Nos encontramos en el metro, como en las películas.  "En el primer vagón". Solo que yo, siempre en la luna, estaba en el otro lado del andén, yendo en sentido contrario.  "Baja en la próxima estación y yo subo en el siguiente tren, siempre en el vagón del comienzo" y allí estaba ella, sonriente, siempre, entusiasta, siempre, dulce y serena, feliz y llena de esa energía que es tan suya y que es mía, porque me la robo y porque ella la comparte generosa.

"Vamos al centro, se presenta una cantante latinoamericana en un café".  Y fuimos.

Hay que decir que esas calles son distintas.  Ahora que ya no somos turistas, ahora que Singapur es donde estamos y que decidimos mudarnos a un barrio casi sin extranjeros, las calles del centro, tan pobladas de turistas y expatriados (esa linda palabrita, tan prima hermana del exilio, el pariente pobre) nos parecen otro mundo.  Empiezo a creer que dos Singapures cohabitan en esta isla, ese, de turistas y ejecutivos, que empieza en el aeropuerto de Changi, salta a los centros comerciales de Orchard y se da una vuelta por los casinos de Sentosa; y el otro, el que nos cobija, el de carne y hueso, el "de a verdad", el que busca su identidad en la fusión de tres culturas que conviven tercamente en paz, el de los grandes edificios de apartamentos (HDB), los "hawkers", el "chicken rice" y el kopi que tan amablemente va engordándome con sus dos cucharadas de leche condensada que endulzan ese café, negro y poderoso, capaz de hacer saltar el corazón más viejo como si se tratase del de un chiquillo.

Las calles del centro están pobladas.  Es viernes y todos han decidido que hay que cansar la fatiga de la semana saliendo y celebrando la vida, reafirmándose en el entusiasmo, encarando el desaliento de los músculos y extenuando el agobio, confundiéndolo.  Estamos en la calle Victoria —como mi madre, como mi hermana, como esa promesa de donde se agarra la vida— y caminamos hasta la Pinang.  Es un barrio bohemio.  Allí puede toparse uno con un concierto, una sesión de jazz, bares, cafés y uno que otro establecimiento de luces llamativas y puertas sospechosamente discretas.

Nosotros andamos del brazo, conversando las calles.  Buscamos, sin apuro y entusiastas, el establecimiento donde nos han prometido un concierto de música en castellano.  Lo encontramos.  Se llama "Artistry". Cuadros en las paredes, una mesa larga, un sillón, una barra, sillas desparramadas, esperándonos.  Hay flores cerca de la entrada.  Saludamos a la cantante, joven, entusiasta, llena de vida.  Está sola, ordenando y ordenándose, preparando el espacio y el alma para cantarnos.  Se llama Elisa García, es de Uruguay.  Su pareja, Kailin Yong, es de Singapur; por él ella está acá.  Todo eso pregunto, todo eso responde Elisa con amable paciencia. Nada más sabemos. Por ahora.

"¡Buena suerte y feliz día!"  Elisa ha decidido ofrecer un concierto en la fecha misma de su cumpleaños y acá estamos, para celebrar con ella, para celebrar la vida, para celebrarnos.

Sunday, August 04, 2013

Mi Casa

No se crea que mi silencio nace de la flojera (vieja amiga de largas jornadas, que no es de gentil negar pero que ya no invoco, tanto). 

Sucede que han sido quince días feroces entre la "semana de asentamiento" (traducción mía y espantosa de "settling in week"), la bienvenida, las cenas, las charlas "de adaptación", la nueva cuenta bancaria, el nuevo número de teléfono, la búsqueda de departamento, la negociación con los agentes (el de los dueños y la nuestra, que siempre son dos y los paga el dueño, salvo que el alquiler sea por menos de tres mil dólares y, entonces, mala suerte, pagas tú) y la administración del colegio (que finalmente es quien garantiza los pagos), la firma de una especie de "carta de intención", la revisión milimétrica (y aburrida) del lugar (en Singapur donde el más común y corriente de los departamentos privados pasa los setecientos mil dólares los dueños suelen ser quisquillosos), las fotos, más firmas, el traspaso de los servicios (agua, luz y gas no se asignan a una dirección sino a una persona, así que si te vas sin pagar igual te persiguen), el GIRO (que ellos pronuncian "yairo"), que no es otra cosa que el débito directo de tu cuenta de ahorros, con lo cual se evitan —ellos— los "este mes no me alcanzó" —tuyos—; y la compra de los electrodomésticos y los muebles (¿para qué escogimos un departamento desamoblado y sin aparatos eléctricos?, ¡si uno hubiera sabido los mil tipos de lavadoras y secadoras que existen!) y buscar la cama (¿tienen idea de los precios y de las infinitas opciones de colchones, almohadas y frazadas que en el mundo son y cuánto se demoran en mandarla del salón de exhibición a tu dormitorio?) y el sofá-cama ("por favor lo necesito para mañana que no tenemos dónde dormir") y entregarle los huesos por una semana al comprado en IKEA (donde, si eres, como yo, inútil y no tienes carro, debes agregarle al súper precio el 8% del valor total para que te lo armen "porque en IKEA no armamos los muebles para que usted disfrute la experiencia y así bajar los costos" y otros cincuenta y cinco dólares por el transporte, "porque en IKEA dejamos que usted transporte sus muebles para abaratar los precios") y, finalmente, la mudanza, o sea, la llegada del contenedor con las cuatro pilchas de las que uno no supo deshacerse (y, claro, si tienes mala suerte, la nueva administración del condominio ha decidido que no se pueden hacer mudanzas los fines de semana, así que debes ver cómo te escapas de la oficina cuando tiene cien reuniones y mil cosas que aprender y preparar antes de que lleguen mil quinientos alumnos), los señores que vienen cargando los 49 bultos ("una nada", según dicen los amigos gerentes que tienen más años —y presupuesto— cambiándose de países con sus familias) y las fotos que el encargado le toma a todo ("como evidencia, señor") y "cuidado con el piano" (y, "¡sí!, funciona") y "los libros acá" y "la ropa allá" y la cama (esa, la recién comprada, que aterrizó bondadosa, el mismo día) y todo lo que falta; que la escoba, el trapeador, el balde, la franela, la aspiradora (a estas alturas me pregunto si habito un departamento de cien metros cuadrados o si soy el encargado de una línea de abastecimiento militar en mitad de una feroz guerra de guerrillas) y las sillas y la mesa y el sofá (que siguen siendo una promesa) y los marcos con cien mil fotos de esas, "engaña nostalgias", abandonados contra el muro de la sala (porque en Indonesia era tan fácil colgarlos impunemente y ahora, acá, en la civilizada Singapur, me dicen que no, "mejor no pongas clavos que luego te va a costar una fortuna reparar la pared" —amén de la media fortuna que cuesta ponerlos—) y el cable con sus cuchucientos canales ("solo hasta el miércoles, para que vea qué le gusta") entre los cuales hay que escoger todo aquello a lo que se anime el presupuesto e Internet ("fibra óptica es mejor y más barato", pero, claro, se demoran un mes en conectarla) y la espalda que duele (y duele) porque a uno, gordo y fuera de forma, se le ocurre hacerse el valiente y ponerse a barrer con un escobillón minúsculo y odioso que, sin embargo, se veía lindo en la tienda (mi admiración y respeto a todos los barrenderos del mundo inmortalizados por Cantinflas) y los supermercados abarrotados (acá todos están comprando) y los restaurantes (los baratos y los caros) con colas interminables (porque los que no están comprando, están comiendo, que en Singapur "a todos les gusta comer pero nadie cocina") y el calor que no se rinde (son treinta grados en promedio casi todos los días) y, encima, los ciclistas que (¡San Gervasio los castigue!) han decidido que la vía peatonal es menos peligrosa que la pista (o sea, estrellarse contra un infeliz es menos riesgoso —para ellos, que no para el caminante— que hacerlo contra uno de los buses de transporte público) con lo cual arruinan lo maravilloso de las veredas y los parques que abundan...

No diré más.  Mañana es el primer día "con todos los profesores" y tenemos unas tres mil quinientas reuniones de coordinación, de las cuales las que más me interesan son —no hay que ser adivino para suponerlo— las que servirán para determinar las formas, modos y extensión de los cursos que dictaré (ya sé que a algún malpensado se le ocurrió que iba a escribir "los desayunos" que, dicho sea de paso, son soberbios). 

En una semana más llegan todos los alumnos y allí estaremos, en las trincheras, como siempre, aunque cada vez parezca la primera.

Ah, mi condominio (corrijo, "el condominio donde queda el departamento que alquilamos") se llama "Mi Casa" (a la foto me remito) y —"a pesar de los pesares"— nos gusta —y mucho—. 

Ya escribiré más al respecto.  Por ahora me quedo con esa frase, tan mexicana y tan querida, "mi casa es su casa" y, sí, acá, usted, tú, ustedes (avisen, no más, que solo hay un cuarto de huéspedes) tienen, ya lo saben, su casa en "Mi Casa", que queda en Choa Chu Kang o "CiCiKei", como dicen los locales.  El kopi del "hawker centre" más cercano (diez minutos andando) es delicioso y solo cuesta un dólar. ¡La casa invita!

Sunday, June 16, 2013

So far, va bien

El aeropuerto de Changi es la primera cara que nos muestra Singapur; es eficiente, limpio y ordenado, una delicia para cualquiera que se haya pasado demasiadas horas en un avión hinchándose y deshidratándose.  La espera en "Migraciones" es corta y entiendo que se ha organizado de manera tal que no transcurran más de treinta minutos entre el aterrizaje del avión y el momento en que el pasajero recoge sus maletas.

Los taxistas en Singapur no son siempre los más amables del mundo y muchos viven atrapados en esa urgencia nacional de hacerlo todo rápido, cosa que a veces puede traducirse en intolerancia e incomprensibles gruñidos en "singlish" (que es la lengua del buen Shakespeare mezclada con malayo, chino, tamil y lo que se ofrezca, o sea, como el "spanglish" pero "más worst").  En mi experiencia, los taxistas de origen indio son los más simpáticos y dicharacheros (a veces demasiado), pero son los menos; la mayoría de choferes son chinos, los hay neuróticos y amables, más los últimos que los primeros, por suerte.

Vivimos, por ahora, bajo el amparo de una amiga cuyas vacaciones en Sri Lanka nos permiten hacer de "okupas" de lujo en el distrito número 10 (Farrer/Holland), a pocos minutos en metro de Orchard y sus miles de tiendas, cafeterías, restaurantes y hoteles.  La zona es hermosa y elegante, una tentación.  El departamento que habitamos es pequeño pero suficiente (lo único incómodo es la ducha, donde me siento Gulliver en Liliput, pero entiendo que es más culpa mía que del infame arquitecto).

Si la idea es pasar solo unos días en esta isla, definitivamente, esta es una zona ideal, cerca de todo lo que el turista quiere ver y experimentar; si el asunto, en cambio, es mudarse a vivir en este país, intuyo que no es posible ni saludable exprimir todos los días como si estuviéramos de vacaciones (menos si uno es, mea culpa, profesor cuarentón de adolescentes hiperactivos y tiene que levantarse a las cinco de la mañana para la "caminata-contra-el-infarto", indispensablemente tempranera porque en la tarde no me mueven ni con grúa) y considero beneficioso alejarse (más que para mí, para mi pobre víctima que soporta, celestial e infinita, la escasa resistencia de mi buen humor entre las multitudes), irse, poner alguna distancia entre todos los felices turistas y el suscrito.

Nuestra primera semana en Singapur ha sido realmente productiva.  Comprar una línea telefónica (o sea, una "sim card, con minutos y data") es tan fácil como presentar el pasaporte, siempre y cuando sea pre-pago; el servicio de la empresa M1 es bueno y la cobertura amplia.  Realizar los trámites burocráticos para conseguir el carnet de "trabajador no inmigrante" es sencillo (bueno, no los hice yo, solo fui a que me tomaran las fotos y las huellas); hay que esperar poco menos de una semana para recibir el documento.  Hacer el mercado es un paseo; tiendas hay muchas y de todos los precios (o sea, "caras" y "más caras"), por ejemplo, cuanto más cerca a las zonas residenciales estés, pagarás más por la botella de agua (que puede costar, la misma, entre SG$0,40 y SG$2,00).

Es posible (y es casi siempre un gusto) comer en un infinito número de lugares, desde los famosos "hawkers centers" (algo así como la versión pasteurizada de las anticucheras del Estadio Nacional del Perú) hasta los restaurantes de lujo, pasando por una gama inmensa de "fast foods", "food courts" y cafeterías.  Lo que se gasta depende de uno, pero con SG$7,00, "la haces" en un hawker.  A los amantes del café, Singapur les ofrece cada vez más lugares a dónde ir, desde el tradicional "kopi" (el más famoso está mezclado con leche condensada) hasta un clásico "capuchino". Un buen café (y a veces uno malo) puede costar entre SG$5,00 y SG$8,00; eso sí, es posible tomarse un sabroso "kopi" por solo SG$1,00.

Dos "algos" más.  Primero; en las farmacias.  Eso de "venta bajo receta médica", funciona, así que quien vengan por estos lares apertréchese bien de pastillas o tendrá que ir muy pronto a un GP (General Practitioner) por una receta. Segundo; los baños. Más en los establecimientos públicos que en los privados, pero igual, casi todos, casi siempre, ¡están limpios!

Estas son solo algunas primeras y desordenadas impresiones; discúlpenseme los saltos temáticos y las acrobacias verbales (que a estas alturas de mis kilos son las únicas que me quedan).

De a pocos, como quien saborea los minutos conversándose un café con un buen amigo, profundizaré en estos y otros temas si ustedes, insobornables lectores, permiten que siga yo robándome su tiempo.