Después de preguntarme si en el Perú teníamos "el café", varios de mis
caféfilos amigos y lectores (perdóneseme el cacofónico neologismo pero
eso de «cafeinómanos» me pareció demasiado) me escribieron dándome sus
propia versión de lo que sería el mejor café peruano.
Intuyo
que haber mencionado el «kopi luwak» indonesio creó una inocente
confusión y un par de ellos me hablaron del tipo de café antes que del
producto en sí (o sea, no me refería al «arábica mezclado con robusta en
partes iguales» ni si «el de Chachapoyas tiene más cuerpo que el del
valle de La Convención»); yo solo tenía la curiosidad de saber «cuál es
el café (vamos, la cafetería) que no me puedo perder si voy a Lima».
Lo
cierto es que, aún llevando rumbos distintos a mi pregunta, me
sorprendió leer a Eduardo que me decía que «en Perú ya hay una variedad
de café "procesada" en el tracto digestivo de un armadillo», noticia que
Pedro confirmaba (con nota periodística incluida —que en eso,
obviamente, el abogado fue más detallista que el ingeniero de sistemas—)
explicándome que el animalito de marras es el coati y su producción (o
sea, los granos que traga, digiere y expulsa —y que la empresa procesa y
vende a buen precio—) se denomina «Café Tunki» (que, excúsese el
coprolálico pero fundamentado titubeo, significa «duda» en quechua).
Ahora
bien, si de cafés se trata (cafeterías, locales, lugares a donde ir,
sentarse y tomarlo —memorable y sabroso—, con calma y leyéndose un
periódico o conversándolo con un amigo), el asunto se pone más peleado,
tanto que ya no sé dónde empiezan mis propias lealtades y dónde las de
mis lectores.
La «San Antonio» tiene muchos leales pero hace
trampa, con esos sánguches espectaculares, ¡nadie se fija en el café! El
«Café Café» también entra en la competencia, aunque la vista y el
viento frío (hablo del de LarcoMar), le juegan a favor; ¡abrazarse a la
taza humorosa en medio de la brisa marinera y helada es imprescindible!
Por su puesto que no falta el nostálgico que recuerde el café del
«Haití» (que allí pesa la tradición no el sabor) y, por vecindad (y
bondad), el de «La Tiendecita Blanca» (cuyas mozas tan bien trajeadas y
tan eficientes hacen de cualquier café un manjar). El «Manolo» quiso
entrar al baile pero, no pues, allí lo famoso es el chocolate (¡y los
churros!) y, claro, quien mencionó el «Havanna», lo hizo por sus
alfajores. Uno que no conocía es el «Cafe Verde» que recibió una
apasionada defensa de Rudi: «Café 100% peruano, tostado y molido in
situ. Uno de los mejores de Lima»; habrá que probarlo.
Como es
obvio, abundan los despistados defensores de lo imposible que se mandan
con que el mejor café de Lima («¡y del mundo!») es el «Starbucks»;
aunque estoy seguro que cada vez que va a uno de sus locales (para
conectarse gratis a Internet) piden ese «milshake» dulcísimo, de tres
mil calorías, que es el «Frapuchino» (con crema, claro).
El más
sentimental fue Juan Luis, que me escribió: «¿Cafés? Aquel pasado gota a
gota, de velorio y amanecida... de los viejos buenos tiempos... Mi mamá
le decía "cafiote" y mi papá "café de cholo"». Lamentablemente la
modernidad, tan cobarde ante la muerte, manda a nuestros muertos a los
velatorios (¿alguien dijo «negocio»?), acartonados, fríos, extraños,
donde «por una módica suma podemos poner el café» y ese ya no sabe a
familia reunida para recordar al que se fue sino a proveedor barato en
cafetera infame (que cierra a la once de la noche).
Tampoco
faltaron los que se saltaron el café peruano (aunque entiendo que, de
tanto escuchar el entusiasmo de Gastón Acurio, actuamos, a veces, con
chauvinismo gastronómico). Uno me recomendó: «All you need now is to
visit France, to taste "le café" French-style; sipping your small
expresso while sitting on a stool at the counter in a cafe» (¡ya iremos
Stéphane!); y otro (Jorge) me dio tal lección cafetera que merece un
artículo completo, pero me quedo con esta parte (porque, además, es una
descripción que, en algo, se asemeja a la del kopi singapurense):
«quizás me atreva a sugerir el café vietnamita: es un percolado de café
con infusión de achicoria que gotea y gotea desde una ollita de metal
hacia el fondo del vaso que, a su vez, contiene leche condensada».
Claro,
la pelea final, «el mejor café del Perú», la ganó (no por el número
sino por la calidad, cafetera y personal, de sus votantes) el «Café
Bisetti» de Barranco (que también tiene el «Arabica Espresso Bar», en
Miraflores). Jaqui, periodista de pluma honda y precisa, y Benjamín,
publicista y cafetero impenitente, lo alabaron sin restricciones.
Cuenta Benjamín, amigo entrañable y perseguidor de expresos (los
bebibles, no los prófugos), que en el Bisetti le dieron el secreto del
buen café: «1/3 el café, 1/3 el barista y 1/3 la máquina». ¿Y ustedes,
qué opinan?
Showing posts with label Starbucks. Show all posts
Showing posts with label Starbucks. Show all posts
Sunday, September 08, 2013
Kopi 2
Labels:
Arabica Espresso Bar,
Bisetti,
café,
Café Café,
Cafe Verde,
cafetería,
coati,
Gastón Acurio,
Haití,
La tiendecita blanca,
Manolo,
San Antonio,
Starbucks,
Tunki
Location:
Singapore
Sunday, September 01, 2013
Kopi
![]() |
| La foto no es mía, se halla en el artículo «A Rough Guide to Ordering Local Coffee in Singapore» de Danesh Daryanani, a quien no conozco pero cuya nota sobre el kopi agradezco. |
En el Perú tomaba poco café, era más de infusiones (el sabor del té nunca me ha convencido) que evitaban que echara azúcar. Manzanilla, sobre todo. La hierbaluisa era rara y solo había en las casas donde (como en la de Mati) la sembraban (aunque siempre sospeché de la mala leche de la decena de Jack Russel Terriers y el Dóberman que hacían de las suyas en el jardín inmenso de La Planicie).
El café en el Perú (corríjaseme si miento) es muy popular, pero nunca solo. Un país que se precia de su comida, que tiene una infinidad de dulces, galletas, bocaditos y tentempiés, no podría cultivar la tradición del café en solitario (como el castizo «café bebido»), imposible. Nosotros debemos «acompañarlo» porque eso es lo compatible con nuestro espíritu gregario. Así como todos los platos fuertes salen casi invariablemente «con arroz» (absurdo muy nuestro, que le dimos la papa al mundo y después se nos dio por sembrar y comer arroz), de igual forma, el cafecito viene «al menos, con su galleta más». Por lo general, las cafeterías y restaurantes preparan un café aceptable, cuando no sabroso, pero, lamentablemente, no recuerdo «el café» cuya nostalgia me perturbe (¿alguna recomendación?).
Del casi año que pasé en los Estados Unidos no guardo ningún café memorable, aunque debo de haberme tomado varias decenas de capuchinos en el «Gran Inka» de Key Biscayne, donde pasé tantas horas leyendo y escribiendo, siempre atendido por Carla, toda ella inolvidable. Recorrí, lo sé, varios de los muchos restaurantes que abundan en Lincoln Road (en uno descubrí —para serle siempre devoto— la «mozzarella di bufala campana», pero esa es otra historia) y debo haberme despachado infinidad de capuchinos con tres o cuatro sobres de «Splenda» —ese edulcorante que dicen, ¡claro!, que no da cáncer—, pero no hubo aquel que pudiera quedarse conmigo como para celebrarlo ahora.
Creo que fue en México donde me reencontré con el «azúcar rubia» (por eso del cáncer que generan los edulcorantes, aunque, puestos a apostar, supongo que el infarto le lleva ventaja a cualquier odiosa neoplasia —¡qué nombre tan lindo para algo tan feo!—) y no sé por qué sospecho que eso hizo que mi dosis de café (siempre con leche) fuera en aumento. Creo acordarme de haber tomado infinitos capuchinos —calientes y helados— en muchos de los casi doscientos Sanborns alrededor del país (especialmente en el de Plaza Loreto, que me quedaba al frente). Allí pasé tanto tiempo que solo recuerdo que, entre café y café, me leí todos los diarios locales que allí prestaban, tratando de entender a un país que, siendo maravilloso y teniendo gente tan padre, se desangra en matanzas feroces y se deshace en medio de una corrupción salvaje. Ingenuo yo. Las respuestas se hallan encriptadas tanto en los «corridos» (y en los «narcocorridos», sus hijos bastardos) como en las «calaveras», delirantes y burlonas, que se escriben por el día de los muertos.
A Indonesia llegué leyendo que producía el famoso (¡y carísmo!) «kopi luwak», cuyos granos son rescatados de las heces de un mamífero carnívoro que se llama «civeta de las palmeras». ¿Prejuicio escatológico o económico?, no sé, pero no me convencieron ni su origen ni los diez dólares por taza que les cobran a los sorprendidos «bulé» (blanco tonto). Además, el café puro (como el cubano que sirven en Miami, que es capaz de sacarlo a uno de un coma profundo) nunca ha sido mi predilecto; tanto me gusta la leche que ni siquiera mi intolerancia lactosa ha conseguido que abandone el regalo de las apacibles vacas.
Sin embargo, mi infinita siempre persiguió buenos cafés y eso nos hizo asiduos transeúntes de las calles de Yakarta y buscadores de cafeterías. «Anomali» se queda con el primer lugar y su local primigenio (ese, tan simple y tan rústico, en Jalan Senopati), con mi preferencia. «Coffee Bean» y «Starbucks» se convirtieron, en una ciudad invadida por motocicletas y sin aceras, en un mal necesario (y agradecido). En nuestros últimos meses en el país de las diecisiete mil islas, fuimos (mea culpa) asiduos al Starbucks que abrieron al frente del edificio donde vivíamos, hallamos que su «mediocridad estandarizada» era razón suficiente para evitar el insufrible tráfico de Yakarta.
Hasta que nos mudamos a Singapur...
Labels:
Anomali,
café,
cafetería,
Ciudad de México,
civeta,
Coffee Bean,
Indonesia,
kopi,
kopi luwak,
Lima,
México,
Miami,
Milo,
mozzarella,
Singapur,
Starbucks,
Yakarta
Location:
Singapore
Subscribe to:
Posts (Atom)

