Ser un expatriado, de estos que somos, de los privilegiados que gozamos la suerte de tener un trabajo que nos gusta y un sueldo que no nos hará ricos pero que nos permite ciertas comodidades y proyectos, tiene ventajas innegables. Uno conoce el mundo; lugares como la Muralla China, el templo de Borobudor o la isla de Bali, están al alcance de un vuelo en aerolíneas de bajo costo, y comer platos tailandeses o indios se convierte en una rutina sin el menor atisbo de exótico ritual. Los chauvinismos regionalistas o patrioteros se convierten en eso, una fiebre adolescente o una anécdota provinciana. El mundo se hace más corto y la patria de uno, la pequeña, la familia, el barrio, los amigos de todos los días, se aclaran y pierden esas manchas —irrelevantes pero odiosas— que genera la cotidianeidad.
Es allí donde la nostalgia encuentra su esquina, su saliente, el punto del cual agarrarse para que empecemos a cuestionarnos la ausencia, para que las distancias se hagan canallas y para que la lejanía carezca de justificaciones. Entonces es cuando ser un expatriado se vuelve odioso, por lo que nos quita, por lo que se roba, por el peaje que nos cobra despacio, sin aspavientos, pero sin piedad.
Ser exiliado del idioma es un problema que se soluciona estudiando o recluyéndose en el silencio, mejor lo primero que lo segundo; los kilómetros que separan la historia oficial (los muertos, los enfermos, los casados, los recién nacidos) se pelean con las armas de la tecnología; el grueso de las actividades sociales, el ocio del fin de semana, la sed de las tardes, se aplastan a golpe de nuevas relaciones, de amigos nuevos, cumpleaños de otros y celebraciones ajenas. Sin embargo, lo básico, lo esencial de las relaciones de la juventud y de la infancia, es inimitable y no hay solución de continuidad que lo supla o lo supere.
Hoy celebramos un cumpleaños. Fue un «brunch», un desayuno-almuerzo delicioso. Seríamos poco menos de treinta personas, entre grandes y chicos. Los habíamos de muchas nacionalidades, de Francia —los más—, de los Estados Unidos, de Australia, de la India, de España, de Bielorrusia, de Argentina y este «peruano del Perú», como el burro vallejiano de las largas orejas. Fue una reunión estupenda, el ambiente no pudo ser más cálido, la comida no pudo ser más sabrosa y la fraternidad no pudo ser más honesta y transparente para un montón de desconocidos unidos por el afecto de la encantadora cumpleañera.
Como los latinoamericanos tenemos la mala costumbre de juntarnos «entre nosotros» (en realidad esa necesidad gregaria es universal, salvo que los latinos hacemos más ruido y eso nos pone en evidencia), nos pusimos a conversar (que Alesia ya es «de nosotros») con una delicada, amable y paciente argentina que resistió heroica la andanada de mis preguntas (que a la «cara de cura» con que nací le acompaña un «complejo de periodista» que aún no entiendo bien cómo tolera tanta buena gente a la que atormento con mi curiosidad acerca del laberinto —de ángeles y monstruos— que es el comportamiento humano). Entre las muchas cosas de las que hablamos, «allá» —Buenos Aires para ella, Lima para mí—, fue uno de los tópicos más visitados, y las «cosas nuestras», esas que nos definen, que ponen de manifiesto que somos latinos, que hacen que compartamos una manera de ver el mundo y de relacionarnos con la gente que nos rodea, recorrieron la conversación entre risas y añoranzas.
La familia, los amigos, las costumbres invencibles y tercas, los gestos y palabras que allá son no solo comunes sino indispensables, las historias, los cuentos repetidos, las anécdotas que hicieron de ese allá, «nuestro allá» y que nos dejaron marcadas formas de expresarnos, de revelarnos, de presentarnos al mundo y de crear amistades, ese todo que choca con otros usos, que se estrella con otras costumbres, que apaciguamos o moderamos o escondemos porque «acá no», porque «no van a entender», porque este «acá», aún amable, aún grato, aún acogedor y lleno de gente de bien que nos recibe con los brazos abiertos, nunca podrá ser (para los que aún pensamos que la patria es «esta urgencia de decir nosotros» de la que habló Benedetti —y perdónesenos la banderita—) ese «allá» que dejamos alguna tarde con el íntimo deseo de volver (aunque sea solo para descubrir que lo imaginamos o que ya no existe).
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Sunday, November 24, 2013
Cosas nuestras
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Sunday, October 13, 2013
Yeoman Prado
Que jamás se calle el canto,
que la muerte nunca pueda
comprarnos con su moneda
de tristezas y de llanto.
Nunca nos rompa el quebranto
la paz, y que el asesino
(tiempo, azar, dios o destino)
comprenda que tus canciones
alumbrarán los rincones
negros de nuestro camino.
A Yeoman lo conocí el ochenta y siete, en San Marcos. Eran años complicados, ásperos, secos. Vivíamos entre los atentados brutales de Sendero Luminoso y la represión bruta del ejército. El arte, como siempre, se hallaba entre dos fuegos, entre quienes querían convertirlo en panfleto y quienes veían terroristas en cualquier alma libre. Lima, idiota y vanidosa, egoísta y colonial, había ignorado (sigue haciéndolo) el horror que se vivía en los Andes, pero esta vez la sangre llegó al río, a nuestro pequeño y acomplejado río limeño, y lo tiñó de rojo (aunque ya nadie quiera acordarse y embotemos la memoria en comilonas y nuevos centros comerciales).
Yeoman hacía música. Él y Jaunty, su hermano inseparable, componían, arreglaban y cantaban al amor y a la libertad, esas malas palabras, con la fuerza de su juventud. Entonces, los conciertos y manifestaciones culturales eran perseguidos (que estar por la vida y contra la muerte eran señal casi inequívoca de tener «inclinaciones terroristas» a los ojos miopes de un Estado lleno de miedo, incapacidad e impotencia). La creatividad se convirtió en una amenaza y levantar la voz se hizo sospechoso. En épocas en que la sociedad se polariza, es fácil que unos y otros extremistas vean en las almas libres al enemigo. Si tener un pensamiento propio, buscar respuestas en el arte, preferir el amor antes que el odio y la belleza de la vida antes que el espanto de la muerte, puede parecer ingenuo, serlo en medio de la vorágine de una guerra biliosa y pútrida, es un riesgo y, al mismo tiempo, es un acto de humanidad y valentía.
Yeoman y Jaunty estaban allí, en mitad de esa camino cruzado por la incomprensión y la intolerancia, y se empeñaban en hacer música, cantarle a la vida y escribirle al amor. «Cantos del Pueblo», cuyo solo nombre causaba urticaria a más de un intransigente, se convirtió en un referente de la música popular peruana de los años ochenta. Sus canciones eran coreadas por los estudiantes universitarios y sus presentaciones eran masivas y entusiastas.
El tiempo pasó, la violencia regresó a los niveles bastardos y silenciosos que la sociedad puede tolerar sin desangrarse, y cada cual siguió su rumbo. A la ferocidad de una guerra fratricida se le sumó la cruel y paralizante cachetada de una crisis económica que se tragó esperanzas y lanzó a muchos fuera del país.
A Yeoman lo vi pocas veces desde entonces. Los hermanos se fueron a Alemania y vivieron momentos duros, más de un infeliz quiso arruinarles la vida y más de una miseria quiso envenenarlos, pero fue inútil. Los Prado se mantuvieron firmes y juntos, peleándole a la desgracia esa porción de felicidad y esperanza a la que, ellos lo sabían, tenían derecho.
Fueron años de carencias y decepciones, pero nunca desesperación; dos hermanos juntos son un ejército cuando hay que luchar por la felicidad del otro. Hombro a hombro, a fuerza de música y entusiasmo, salieron adelante. No solo sacaron brillo a sus ilusiones sino que animaron y ayudaron a otros para que hicieran lo mismo.
Yeoman se casó con Luz, una muchacha hermosa y tierna, valiente y solidaria. Tuvieron un hijo, Gigio, un niño que aún no tiene edad para entender la muerte pero que lo hará al mismo tiempo que aprenda, con emoción y con orgullo, que su padre fue un hombre bueno.
En los noventas él ya no estaba en Lima y en la primera década de este siglo también emigré. Nos escribíamos eventualmente y hablábamos de ese proyecto nuestro en el cual él pondría la música y yo las letras de unas canciones que ya nunca haremos.
De Yeoman me queda su humanidad, su sonrisa magnífica, invencible, sus ganas de creer que todo esto vale la pena, que la música, la poesía y el arte son formas concretas del amor, de ese amor indispensable para que la existencia humana tenga sentido, para que la muerte se avergüence, para que nosotros, ahora más tristes y más solos, sigamos andando, aunque sea a paso lento, por esta vida que él, tan generosamente, hizo más hermosa.
que la muerte nunca pueda
comprarnos con su moneda
de tristezas y de llanto.
Nunca nos rompa el quebranto
la paz, y que el asesino
(tiempo, azar, dios o destino)
comprenda que tus canciones
alumbrarán los rincones
negros de nuestro camino.
A Yeoman lo conocí el ochenta y siete, en San Marcos. Eran años complicados, ásperos, secos. Vivíamos entre los atentados brutales de Sendero Luminoso y la represión bruta del ejército. El arte, como siempre, se hallaba entre dos fuegos, entre quienes querían convertirlo en panfleto y quienes veían terroristas en cualquier alma libre. Lima, idiota y vanidosa, egoísta y colonial, había ignorado (sigue haciéndolo) el horror que se vivía en los Andes, pero esta vez la sangre llegó al río, a nuestro pequeño y acomplejado río limeño, y lo tiñó de rojo (aunque ya nadie quiera acordarse y embotemos la memoria en comilonas y nuevos centros comerciales).
Yeoman hacía música. Él y Jaunty, su hermano inseparable, componían, arreglaban y cantaban al amor y a la libertad, esas malas palabras, con la fuerza de su juventud. Entonces, los conciertos y manifestaciones culturales eran perseguidos (que estar por la vida y contra la muerte eran señal casi inequívoca de tener «inclinaciones terroristas» a los ojos miopes de un Estado lleno de miedo, incapacidad e impotencia). La creatividad se convirtió en una amenaza y levantar la voz se hizo sospechoso. En épocas en que la sociedad se polariza, es fácil que unos y otros extremistas vean en las almas libres al enemigo. Si tener un pensamiento propio, buscar respuestas en el arte, preferir el amor antes que el odio y la belleza de la vida antes que el espanto de la muerte, puede parecer ingenuo, serlo en medio de la vorágine de una guerra biliosa y pútrida, es un riesgo y, al mismo tiempo, es un acto de humanidad y valentía.
Yeoman y Jaunty estaban allí, en mitad de esa camino cruzado por la incomprensión y la intolerancia, y se empeñaban en hacer música, cantarle a la vida y escribirle al amor. «Cantos del Pueblo», cuyo solo nombre causaba urticaria a más de un intransigente, se convirtió en un referente de la música popular peruana de los años ochenta. Sus canciones eran coreadas por los estudiantes universitarios y sus presentaciones eran masivas y entusiastas.
El tiempo pasó, la violencia regresó a los niveles bastardos y silenciosos que la sociedad puede tolerar sin desangrarse, y cada cual siguió su rumbo. A la ferocidad de una guerra fratricida se le sumó la cruel y paralizante cachetada de una crisis económica que se tragó esperanzas y lanzó a muchos fuera del país. A Yeoman lo vi pocas veces desde entonces. Los hermanos se fueron a Alemania y vivieron momentos duros, más de un infeliz quiso arruinarles la vida y más de una miseria quiso envenenarlos, pero fue inútil. Los Prado se mantuvieron firmes y juntos, peleándole a la desgracia esa porción de felicidad y esperanza a la que, ellos lo sabían, tenían derecho.
Fueron años de carencias y decepciones, pero nunca desesperación; dos hermanos juntos son un ejército cuando hay que luchar por la felicidad del otro. Hombro a hombro, a fuerza de música y entusiasmo, salieron adelante. No solo sacaron brillo a sus ilusiones sino que animaron y ayudaron a otros para que hicieran lo mismo.
Yeoman se casó con Luz, una muchacha hermosa y tierna, valiente y solidaria. Tuvieron un hijo, Gigio, un niño que aún no tiene edad para entender la muerte pero que lo hará al mismo tiempo que aprenda, con emoción y con orgullo, que su padre fue un hombre bueno.
En los noventas él ya no estaba en Lima y en la primera década de este siglo también emigré. Nos escribíamos eventualmente y hablábamos de ese proyecto nuestro en el cual él pondría la música y yo las letras de unas canciones que ya nunca haremos.
De Yeoman me queda su humanidad, su sonrisa magnífica, invencible, sus ganas de creer que todo esto vale la pena, que la música, la poesía y el arte son formas concretas del amor, de ese amor indispensable para que la existencia humana tenga sentido, para que la muerte se avergüence, para que nosotros, ahora más tristes y más solos, sigamos andando, aunque sea a paso lento, por esta vida que él, tan generosamente, hizo más hermosa.
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Sunday, August 18, 2013
Viernes por la noche
La semana fue dura. Primeros días de clases. Los jóvenes siempre jóvenes y nosotros, los profesores, un año más viejos. País nuevo, mudanza, estar a medio estar, entre las paredes aún sin los cuadros, que miran impacientes desde el suelo, los pocos libros que han sobrevivido mis andanzas aún en las cajas, el sillón rojo todavía abandonado sin un sofá que lo acompañe, el comedor inexistente, la tetera fungiendo de jarra y el barrio que habitamos aún el misterio que vamos resolviendo poco a poco con las caminatas vespertinas.
Cuando camino —perdóneseme la manía de saltar de asunto en tema tan villanamente— no puedo dejar de pensar en mis padres. Ellos caminaban Lima y, cada tanto, mi papá, en medio de sus discursos interminables de los que solo mi madre sabía llevar el hilo, se detenía, volteaba y le hablaba mirándola, como si eso que estaba pronunciando no pudiera decirse viendo el horizonte y fuera imprescindible hacerlo también con los ojos. Tampoco puedo dejar de pensar en mi amigo Pato, tan humano, que allá, en Buenos Aires, camina desde hace tres décadas con Marisa, la muchacha aquella que se encontró en la cola para matricularse en la universidad y con quien debe haber andando, feliz, miles de veces, las mismas veredas que Borges fatigó, viéndolo todo, tan ciego.
Decía que la semana fue dura y nos encontró más viejos (y miento, porque ella es infinita y lo infinito no conoce el paso del tiempo) y así el viernes llegó, como un salvavidas, con sus sonrisas, sus pausas, sus celebraciones. Nos encontramos en el metro, como en las películas. "En el primer vagón". Solo que yo, siempre en la luna, estaba en el otro lado del andén, yendo en sentido contrario. "Baja en la próxima estación y yo subo en el siguiente tren, siempre en el vagón del comienzo" y allí estaba ella, sonriente, siempre, entusiasta, siempre, dulce y serena, feliz y llena de esa energía que es tan suya y que es mía, porque me la robo y porque ella la comparte generosa.
"Vamos al centro, se presenta una cantante latinoamericana en un café". Y fuimos.
Hay que decir que esas calles son distintas. Ahora que ya no somos turistas, ahora que Singapur es donde estamos y que decidimos mudarnos a un barrio casi sin extranjeros, las calles del centro, tan pobladas de turistas y expatriados (esa linda palabrita, tan prima hermana del exilio, el pariente pobre) nos parecen otro mundo. Empiezo a creer que dos Singapures cohabitan en esta isla, ese, de turistas y ejecutivos, que empieza en el aeropuerto de Changi, salta a los centros comerciales de Orchard y se da una vuelta por los casinos de Sentosa; y el otro, el que nos cobija, el de carne y hueso, el "de a verdad", el que busca su identidad en la fusión de tres culturas que conviven tercamente en paz, el de los grandes edificios de apartamentos (HDB), los "hawkers", el "chicken rice" y el kopi que tan amablemente va engordándome con sus dos cucharadas de leche condensada que endulzan ese café, negro y poderoso, capaz de hacer saltar el corazón más viejo como si se tratase del de un chiquillo.
Las calles del centro están pobladas. Es viernes y todos han decidido que hay que cansar la fatiga de la semana saliendo y celebrando la vida, reafirmándose en el entusiasmo, encarando el desaliento de los músculos y extenuando el agobio, confundiéndolo. Estamos en la calle Victoria —como mi madre, como mi hermana, como esa promesa de donde se agarra la vida— y caminamos hasta la Pinang. Es un barrio bohemio. Allí puede toparse uno con un concierto, una sesión de jazz, bares, cafés y uno que otro establecimiento de luces llamativas y puertas sospechosamente discretas.
Nosotros andamos del brazo, conversando las calles. Buscamos, sin apuro y entusiastas, el establecimiento donde nos han prometido un concierto de música en castellano. Lo encontramos. Se llama "Artistry". Cuadros en las paredes, una mesa larga, un sillón, una barra, sillas desparramadas, esperándonos. Hay flores cerca de la entrada. Saludamos a la cantante, joven, entusiasta, llena de vida. Está sola, ordenando y ordenándose, preparando el espacio y el alma para cantarnos. Se llama Elisa García, es de Uruguay. Su pareja, Kailin Yong, es de Singapur; por él ella está acá. Todo eso pregunto, todo eso responde Elisa con amable paciencia. Nada más sabemos. Por ahora.
"¡Buena suerte y feliz día!" Elisa ha decidido ofrecer un concierto en la fecha misma de su cumpleaños y acá estamos, para celebrar con ella, para celebrar la vida, para celebrarnos.
Cuando camino —perdóneseme la manía de saltar de asunto en tema tan villanamente— no puedo dejar de pensar en mis padres. Ellos caminaban Lima y, cada tanto, mi papá, en medio de sus discursos interminables de los que solo mi madre sabía llevar el hilo, se detenía, volteaba y le hablaba mirándola, como si eso que estaba pronunciando no pudiera decirse viendo el horizonte y fuera imprescindible hacerlo también con los ojos. Tampoco puedo dejar de pensar en mi amigo Pato, tan humano, que allá, en Buenos Aires, camina desde hace tres décadas con Marisa, la muchacha aquella que se encontró en la cola para matricularse en la universidad y con quien debe haber andando, feliz, miles de veces, las mismas veredas que Borges fatigó, viéndolo todo, tan ciego.
Decía que la semana fue dura y nos encontró más viejos (y miento, porque ella es infinita y lo infinito no conoce el paso del tiempo) y así el viernes llegó, como un salvavidas, con sus sonrisas, sus pausas, sus celebraciones. Nos encontramos en el metro, como en las películas. "En el primer vagón". Solo que yo, siempre en la luna, estaba en el otro lado del andén, yendo en sentido contrario. "Baja en la próxima estación y yo subo en el siguiente tren, siempre en el vagón del comienzo" y allí estaba ella, sonriente, siempre, entusiasta, siempre, dulce y serena, feliz y llena de esa energía que es tan suya y que es mía, porque me la robo y porque ella la comparte generosa.
"Vamos al centro, se presenta una cantante latinoamericana en un café". Y fuimos.
Hay que decir que esas calles son distintas. Ahora que ya no somos turistas, ahora que Singapur es donde estamos y que decidimos mudarnos a un barrio casi sin extranjeros, las calles del centro, tan pobladas de turistas y expatriados (esa linda palabrita, tan prima hermana del exilio, el pariente pobre) nos parecen otro mundo. Empiezo a creer que dos Singapures cohabitan en esta isla, ese, de turistas y ejecutivos, que empieza en el aeropuerto de Changi, salta a los centros comerciales de Orchard y se da una vuelta por los casinos de Sentosa; y el otro, el que nos cobija, el de carne y hueso, el "de a verdad", el que busca su identidad en la fusión de tres culturas que conviven tercamente en paz, el de los grandes edificios de apartamentos (HDB), los "hawkers", el "chicken rice" y el kopi que tan amablemente va engordándome con sus dos cucharadas de leche condensada que endulzan ese café, negro y poderoso, capaz de hacer saltar el corazón más viejo como si se tratase del de un chiquillo.
Las calles del centro están pobladas. Es viernes y todos han decidido que hay que cansar la fatiga de la semana saliendo y celebrando la vida, reafirmándose en el entusiasmo, encarando el desaliento de los músculos y extenuando el agobio, confundiéndolo. Estamos en la calle Victoria —como mi madre, como mi hermana, como esa promesa de donde se agarra la vida— y caminamos hasta la Pinang. Es un barrio bohemio. Allí puede toparse uno con un concierto, una sesión de jazz, bares, cafés y uno que otro establecimiento de luces llamativas y puertas sospechosamente discretas.
Nosotros andamos del brazo, conversando las calles. Buscamos, sin apuro y entusiastas, el establecimiento donde nos han prometido un concierto de música en castellano. Lo encontramos. Se llama "Artistry". Cuadros en las paredes, una mesa larga, un sillón, una barra, sillas desparramadas, esperándonos. Hay flores cerca de la entrada. Saludamos a la cantante, joven, entusiasta, llena de vida. Está sola, ordenando y ordenándose, preparando el espacio y el alma para cantarnos. Se llama Elisa García, es de Uruguay. Su pareja, Kailin Yong, es de Singapur; por él ella está acá. Todo eso pregunto, todo eso responde Elisa con amable paciencia. Nada más sabemos. Por ahora.
"¡Buena suerte y feliz día!" Elisa ha decidido ofrecer un concierto en la fecha misma de su cumpleaños y acá estamos, para celebrar con ella, para celebrar la vida, para celebrarnos.
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Saturday, July 06, 2013
Entre Botero y Dalí
A través de los años, mi hermana, que trabaja en el mundo de los seguros, me ha lavado amorosamente el cerebro con eso de "es mejor tener un seguro y no necesitarlo, que necesitar un seguro y no tenerlo"; por eso, aunque jamás lo usamos, no me arrepiento de los varios miles de dólares que pagamos en Indonesia "por si acaso". Es harto sabido que los seguros se basan en la ley de probabilidades, o sea, "es muy probable que, de los muchos que los pagan, solo unos cuantos los usen". El riesgo (para las aseguradoras, claro) de que uno empiece a gastarles dinero aumenta si las condiciones personales son desfavorablemente (sedentarismo, obesidad, tabaquismo y un montón de etcéteras), pero si eres joven y saludable (¿quién dijo yo?), ese riesgo es mínimo. Como soy tonto pero no tanto, tengo consciencia de que, sin una póliza de seguro médico, de presentarse un problema mayor (en países donde los sistemas de salud pública son infames o inexistentes) sencillamente hay que morirse, porque lo que el diablo pudiera ofrecer por nuestras almas pecaminosas jamás alcanzaría para pagar las facturas, inmensas como un tumor hipertrofiado, con las que suelen despedirnos los honrados doctores de sus clínicas con aire acondicionado, cuando nos dan de alta o cuando ("hay cosas que están en las manos de dios") nuestros deudos llorosos quieren retirar nuestro cadáver.
Estar "entre trabajos" puede ponernos (hablando de seguros, coberturas y demás hierbas) en zonas grises o "tierras de nadie". Claro que un hombre previsor (yo no lo soy, pero mi hermana es persuasiva y convincente y los años van enseñando a golpes) debe tomar la precaución de extender la cobertura del seguro del "trabajo anterior" hasta los días en que se inicia la protección del seguro del "nuevo trabajo". Y así lo hice. Todos menos el de vida.
Lo gracioso (o terrible, según se vea) del seguro de vida, es que para conseguirlo, hay que morirse (algo así como que, para verificar eso de la vida eterna, hay que abandonar esta efímera existencia y "usted primero, caballero"). Lo bueno (¡hay que mantener las actitud positiva!) es que tus herederos, a los cuales ibas a dejarle solo deudas, reciben un algo que puede darles tiempo para digerir la pena, recomponerse y empezar de nuevo.
No hablo de los seguros de vida de las telenovelas, esos que hacen millonaria a la viuda (negra) o al hijo (ingrato), me refiero a los sencillos, comunes y silvestres, que tenemos nosotros, empleados asalariados y aspirantes a raquíticos burgueses, que permiten que (además) la familia no se descalabre económicamente a la hora (accidental, importuna e imprevista) de morirnos.
El mío (el seguro, digo, el anterior) expiró en junio y el nuevo no me cubre hasta fines de julio, dejándome casi cuatro semanas "fuera de juego". Ahora bien, entiendo que lo más recomendable (y grato) sería no morirse, pero cuando uno se trepa a un avión que va a recorrer, dos veces en una semana, los quince mil kilómetros que separan Singapur y Nueva York, las apuestas empiezan y uno, mortal al fin, se pone nervioso.
Seguro de vida por tres semana no te venden o no sé o no supe buscarlo, lo que sí te ofrecen con mayor entusiasmo es el "de accidentes para viajeros", eso sí, conseguirlo fue otra historia que dejo para otro día (a ver si alguien me explica, ¿qué sentido tiene poder comprarlo "online" cuando luego te piden que imprimas todo y resulta que tú, de vacaciones y en medio de la mudanza, no tienes ninguna impresora a la mano).
Lo cierto es que ya soy un viajero asegurado (y hasta prometen pagarme ochenta dólares si mi vuelo se demora más de seis horas) y, supongo, debo sentirme feliz como la familia que aparece sonriente en el folleto. No sé, creo que prefiero no morirme ni accidentarme ni perder los vuelos. Además, con la lista de exclusiones tan grande y odiosa que tiene mi seguro, me dan ganas de decirle a mi (aún) improbable viuda: "si te pagan, vamos a medias".
Coda explicatoria: ¿Y qué tienen que ver Botero y Dalí con mi seguro de viajero? Nada. Solo que la oficina donde lo compré queda en la zona financiera de Singapur y allí, frente al río, después de malgastar un par de horas en deprimentes papeleos, nos encontramos con sendas estatuas del colombiano y del español, y mi mujer sonreía como dos vidas y yo decidí no morirme (al menos por ahora) y entendí que lo que acabábamos de pagar por el seguro era, en realidad, una donación para aquellos que, casi siempre, tienen mucho dinero, pero son muy pobres.
Estar "entre trabajos" puede ponernos (hablando de seguros, coberturas y demás hierbas) en zonas grises o "tierras de nadie". Claro que un hombre previsor (yo no lo soy, pero mi hermana es persuasiva y convincente y los años van enseñando a golpes) debe tomar la precaución de extender la cobertura del seguro del "trabajo anterior" hasta los días en que se inicia la protección del seguro del "nuevo trabajo". Y así lo hice. Todos menos el de vida.
Lo gracioso (o terrible, según se vea) del seguro de vida, es que para conseguirlo, hay que morirse (algo así como que, para verificar eso de la vida eterna, hay que abandonar esta efímera existencia y "usted primero, caballero"). Lo bueno (¡hay que mantener las actitud positiva!) es que tus herederos, a los cuales ibas a dejarle solo deudas, reciben un algo que puede darles tiempo para digerir la pena, recomponerse y empezar de nuevo.
No hablo de los seguros de vida de las telenovelas, esos que hacen millonaria a la viuda (negra) o al hijo (ingrato), me refiero a los sencillos, comunes y silvestres, que tenemos nosotros, empleados asalariados y aspirantes a raquíticos burgueses, que permiten que (además) la familia no se descalabre económicamente a la hora (accidental, importuna e imprevista) de morirnos.
El mío (el seguro, digo, el anterior) expiró en junio y el nuevo no me cubre hasta fines de julio, dejándome casi cuatro semanas "fuera de juego". Ahora bien, entiendo que lo más recomendable (y grato) sería no morirse, pero cuando uno se trepa a un avión que va a recorrer, dos veces en una semana, los quince mil kilómetros que separan Singapur y Nueva York, las apuestas empiezan y uno, mortal al fin, se pone nervioso.
Seguro de vida por tres semana no te venden o no sé o no supe buscarlo, lo que sí te ofrecen con mayor entusiasmo es el "de accidentes para viajeros", eso sí, conseguirlo fue otra historia que dejo para otro día (a ver si alguien me explica, ¿qué sentido tiene poder comprarlo "online" cuando luego te piden que imprimas todo y resulta que tú, de vacaciones y en medio de la mudanza, no tienes ninguna impresora a la mano).
Lo cierto es que ya soy un viajero asegurado (y hasta prometen pagarme ochenta dólares si mi vuelo se demora más de seis horas) y, supongo, debo sentirme feliz como la familia que aparece sonriente en el folleto. No sé, creo que prefiero no morirme ni accidentarme ni perder los vuelos. Además, con la lista de exclusiones tan grande y odiosa que tiene mi seguro, me dan ganas de decirle a mi (aún) improbable viuda: "si te pagan, vamos a medias".
Coda explicatoria: ¿Y qué tienen que ver Botero y Dalí con mi seguro de viajero? Nada. Solo que la oficina donde lo compré queda en la zona financiera de Singapur y allí, frente al río, después de malgastar un par de horas en deprimentes papeleos, nos encontramos con sendas estatuas del colombiano y del español, y mi mujer sonreía como dos vidas y yo decidí no morirme (al menos por ahora) y entendí que lo que acabábamos de pagar por el seguro era, en realidad, una donación para aquellos que, casi siempre, tienen mucho dinero, pero son muy pobres.
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Saturday, June 08, 2013
Lento, pero no flojo
Cuando salí de Lima, en agosto del 2006, no imaginé que se haría tan larga mi ausencia. Entonces otra era la noble víctima de esta sociable misantropía que las muchachas en ropas ligeras de "South Beach" no lograron curarme.
Miami, y más tarde la Ciudad de México, fueron algo así como el preámbulo, los primeros desconcertados pasos, de un exilio dorado que aún me mantiene lejos. Yakarta, caótica y amable, se convirtió en la inesperada y solaz consecuencia de esta huida hacia adelante que ha sido mi vida ("si vas a escapar, al menos que parezca que estás atacando").
La capital de Indonesia es una metáfora del archipiélago en donde se encuentra; islas, gente, grupos, razas, religiones, separados por las aguas, casi siempre contaminadas, de los ríos desbordados. Hay aventureros (y aún hay más aventureras, pero esa ya es crónica de mi pasado) que se atreven a cruzar los charcos que no pocas veces ocultan abismos, sin embargo, la gran mayoría vive en su islote, en su burbuja, en su espacio más o menos protegido y atravesado tan solo (es un decir) por la marabunta de motocicletas que todo lo capturan, efímeras colonizadoras, como las inundaciones.
Yo empecé mi vida gitana a la edad en que mis amigos ya criaban hijos, pagaban hipotecas y se preocupaban por sus inversiones y el fondo de jubilación. Ellos regresaban y yo recién partía.
Hay gente precoz, esos que hacen todo pronto, impacientes, como apurados por la vida, y hay quienes nos tomamos un tiempo (o mucho). Para cualquiera que se haya topado con mi humanidad, está claro que pertenezco a la raza de los remolones; al clan de los "poltrones y perezosos" que no andamos con apuros. El ejemplo más sencillo es la ducha, con perdón. Mis amigos deportistas, quién sabe cómo, necesitan cinco minutos para pasar de ser una sopa maloliente de sudores a (re)convertirse en los sujetos fresquísimos que exudan "aftersheif". A mí me toma una hora hacerlo con calma y sesenta minutos apurado, solo que si corro, amén de no ahorrar tiempo, termino como mis amigos antes del baño; así que, vamos despacio.
Soy lento, tardío. Publiqué tarde mis primeros poemas y, luego, mis libros. Tarde me casé y, más tarde todavía, me re-casé (las declaro inocentes). Tarde me hice a las distancias y al mar (o al avión, que es lo que corresponde a nuestros tiempos). Tarde dejé la Coca-cola, tarde (ojalá que no mucho) empecé a caminar para postergar el infarto (y, claro, supongo que la dieta la empezaré -es un decir- demasiado tarde; pero no nos pongamos depresivos). Para terminar (o para empezar, según se mire, y yo lo veo bien porque -tarde también- me he vuelto optimista), parece que será tarde, bien entrada la cuarentena, cuando me estrene como padre.
Lento, sí, pero no flojo, que sigo dándole cuerda al reloj de las andanzas. Ahora, otra vez, acompañado de una mujer inmensa y buena (que en eso los viejos dioses siempre fueron generosos), voy camino a otra aventura. Acá comienza, sin más pretensiones que tenerlos cerca, que robarme sus ojos por un rato, la crónica de mis días y mis alegrías en Singapur (las penas, y espero que esas sí lleguen muy tarde, serán solo mías).
Empezamos a abordar. Viajaremos novecientos kilómetros al norte. Adiós Yakarta; nos vemos en la Ciudad de los Leones.
Miami, y más tarde la Ciudad de México, fueron algo así como el preámbulo, los primeros desconcertados pasos, de un exilio dorado que aún me mantiene lejos. Yakarta, caótica y amable, se convirtió en la inesperada y solaz consecuencia de esta huida hacia adelante que ha sido mi vida ("si vas a escapar, al menos que parezca que estás atacando").
La capital de Indonesia es una metáfora del archipiélago en donde se encuentra; islas, gente, grupos, razas, religiones, separados por las aguas, casi siempre contaminadas, de los ríos desbordados. Hay aventureros (y aún hay más aventureras, pero esa ya es crónica de mi pasado) que se atreven a cruzar los charcos que no pocas veces ocultan abismos, sin embargo, la gran mayoría vive en su islote, en su burbuja, en su espacio más o menos protegido y atravesado tan solo (es un decir) por la marabunta de motocicletas que todo lo capturan, efímeras colonizadoras, como las inundaciones.
Yo empecé mi vida gitana a la edad en que mis amigos ya criaban hijos, pagaban hipotecas y se preocupaban por sus inversiones y el fondo de jubilación. Ellos regresaban y yo recién partía.
Hay gente precoz, esos que hacen todo pronto, impacientes, como apurados por la vida, y hay quienes nos tomamos un tiempo (o mucho). Para cualquiera que se haya topado con mi humanidad, está claro que pertenezco a la raza de los remolones; al clan de los "poltrones y perezosos" que no andamos con apuros. El ejemplo más sencillo es la ducha, con perdón. Mis amigos deportistas, quién sabe cómo, necesitan cinco minutos para pasar de ser una sopa maloliente de sudores a (re)convertirse en los sujetos fresquísimos que exudan "aftersheif". A mí me toma una hora hacerlo con calma y sesenta minutos apurado, solo que si corro, amén de no ahorrar tiempo, termino como mis amigos antes del baño; así que, vamos despacio.
Soy lento, tardío. Publiqué tarde mis primeros poemas y, luego, mis libros. Tarde me casé y, más tarde todavía, me re-casé (las declaro inocentes). Tarde me hice a las distancias y al mar (o al avión, que es lo que corresponde a nuestros tiempos). Tarde dejé la Coca-cola, tarde (ojalá que no mucho) empecé a caminar para postergar el infarto (y, claro, supongo que la dieta la empezaré -es un decir- demasiado tarde; pero no nos pongamos depresivos). Para terminar (o para empezar, según se mire, y yo lo veo bien porque -tarde también- me he vuelto optimista), parece que será tarde, bien entrada la cuarentena, cuando me estrene como padre.
Lento, sí, pero no flojo, que sigo dándole cuerda al reloj de las andanzas. Ahora, otra vez, acompañado de una mujer inmensa y buena (que en eso los viejos dioses siempre fueron generosos), voy camino a otra aventura. Acá comienza, sin más pretensiones que tenerlos cerca, que robarme sus ojos por un rato, la crónica de mis días y mis alegrías en Singapur (las penas, y espero que esas sí lleguen muy tarde, serán solo mías).
Empezamos a abordar. Viajaremos novecientos kilómetros al norte. Adiós Yakarta; nos vemos en la Ciudad de los Leones.
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