Showing posts with label Facebook. Show all posts
Showing posts with label Facebook. Show all posts

Sunday, December 01, 2013

Morirse en Internet

Manuel Flores va a morir, 
eso es moneda corriente; 
morir es una costumbre 
que sabe tener la gente. 

Jorge Luis Borges 

Morirse es la cosa más común que existe, tan vulgar como nacer pero opaco, se entiende, sin la magia de la vida. Cuando morimos retornamos (nos regresan) a la nada infinita de la cual el azar nos arrebató sin saberlo (entiendo que los creyentes tendrán, después de esta, una vida eterna y etérea que el ateísmo me confiscó miserablemente —suerte la de ellos—). 

Siempre les repito a mis alumnos el «memento mori» («recuerda que vas a morir») de los romanos (cuyos dioses, equívocos y veleidosos, me son más simpáticos). Estar consciente de la propia muerte no es, como algunos pretenden, una receta para el suicidio o para la depresión crónica, al contrario, es un aliciente para seguir vivos, aprender, hacer y transformar el mundo (ojalá que para bien).  La evolución, ese fuego como el que Prometeo compartió con los hombres, nos ha permitido abandonar las cuevas, ser más humanos y menos bestias, vivir más y mejor.  Si tuviéramos —como los dioses ociosos— la seguridad del infinito, seguiríamos ocultos en la montaña, asustados por la tormenta o embrutecidos por las sombras, como lo explica Platón en su alegoría de la caverna.

Con la modernidad, el hombre ha querido escapar de la muerte y vive tentado por la anestesia del ruido ensordecedor, las obligaciones infinitas y la tecnología esclavizante. Huimos (pretendemos huir) de la enfermedad y de la muerte, maquillándolas. Las clínicas parecen hoteles y a los muertos se les despide en velatorios con horas fijas y capuchino.

Internet, gracias al señor Zuckerberg, se ha convertido en el nuevo espacio donde la muerte es (creemos) derrotada. Morirse abre una temporada de «buena voluntad» en la que los muchos o pocos que conocían al finado se dedican a escribir elegías en las que no solo resaltan las virtudes del muerto (que, a lo mejor, las tenía) sino que, forzando la imagen poética (o patética —revisen la definición antes de ofenderse—), inician una especie de diálogo retórico con el difunto, contándole lo mucho que lo querían, lo tanto que lo recuerdan, lo buena persona que era, lo inmenso del vacío y demás detalles de un afecto fervoroso que recibe los «like» de otros tantos conmovidos por el suceso (sin duda lamentable que, como Donne —y Hemingway—, pienso que «any mans death diminishes me, because I am involved in Mankinde»). Antipático, como siempre, me pregunto si no sería mucho más beneficioso, en este tiempo en el que la tecnología le ha arrebatado sus excusas a la distancia, decirle todo aquello a la gente mientras vive y puede escucharnos y respondernos —con simpatía, indiferencia o desprecio, según se le antoje—.

¿A quién le escribimos cuando elogiamos al muerto en las paredes públicas y virtuales de «Facebook»?  Dudo que aún los más fervorosos creyentes en la vida eterna crean que allá, en «el cielo prometido», puedan leerse los emocionados mensajes y menos aún que en «el infierno tan temido», Satanás permita a los castigados distraerse con Internet.

Les escribimos a los muertos para sentirnos mejor, para reparar daños irreparables o expresar emociones que no nos atrevimos a decir en vida; claro, también (y esos no son pocos) hay quienes escriben para la platea, para la multitud de curiosos y fisgones que están «mirando» y ante los cuales parece que se ha vuelto indispensable mostrar una sensibilidad elocuente.

Hay que decir que la costumbre no es nueva, solo ha cambiado la plataforma. El «Facebook» de mi infancia eran las páginas de obituarios de los periódicos (y aún hoy es posible ver en las páginas de los diarios en Singapur defunciones cuyo tamaño de letra y foto —«de quien en vida fue»— están directamente proporcionados a la fortuna familiar).

Mi padre decía que en los países civilizados solo se publicaba una lista en el diario «para saber quién se ha muerto ayer», en democrático orden alfabético y sin comentarios de ninguna clase.  Él, que recelaba de los discursos póstumos, dejó orden expresa de que no se anunciara su muerte, «¿para qué?, ¿para que celebren mis enemigos?, quienes me quieren no necesitan del periódico para enterarse».  Yo, como él, espero el silencio entonces; ahora, mientras vivo, que amigos (y odiadores) se expresen. No me expropien, por favor, el placer y la alegría de responderles...

Sunday, November 17, 2013

De diez en diez

Hace seis meses decidimos, con Benjamín y Zejo, lanzarnos a la aventura de escribir un blog en décimas y con formato de brevísima obra teatral.  Lo bautizamos «Décimas Cosas» y fuimos recibidos en la página web del diario «La República». La idea fue parodiar los acontecimientos actuales, tanto del Perú como del extranjero, riéndonos de las torpezas y barbaridades de políticos, deportistas, cantantes, actores y demás personajes públicos.

A partir de entonces, lo que empezó con «una por semana», fue creciendo vigorosamente. Ahora tenemos los «monólogos domingueros» y los sorteos de los martes, y la propuesta se ha vuelto más ambiciosa. Hemos presentado el proyecto en diversos foros universitarios, realizado varias lecturas públicas, grabado algunos textos con artistas generosos y, sobre todo, crecido en Internet, donde el blog tiene un promedio de casi quince mil visitas al mes, con una presencia -aún modesta pero interesante-, en las redes sociales (que en Facebook significan más de cuatro mil seguidores y, en Twitter, poco menos de mil ochocientos).

Acá le dejo la más reciente entrega.  Decidimos alejarnos un poco de los dimes y diretes de la política y el espectáculo de nuestros días y exploramos la antigua Grecia.  Espero que disfruten de esta (que dicen que fue):



Sunday, October 06, 2013

Empantallados y absorbidos

Viernes, poco antes del mediodía.  Mis alumnos de español dos han terminado con la prueba de la unidad uno. A estas alturas del idioma saben (confío en que sepan) un vocabulario básico para salir bien librados de una situación real en el aeropuerto de Barajas o en el mostrador de un hotel en Tegucigalpa. Todos me han entregado sus exámenes y faltan pocos minutos para que toque el timbre (que, dicho sea de paso, tiene el mismo sonido que se escucha en las terminales aéreas antes del «última llamada del vuelo 543, señor Pérez, por favor, abordar por la puerta siete») y puedan librarse de mí e invadir la cafetería (donde espero que sobreviva algún sánguche de pollo, que son de antología). «Les regalo estos cinco minutos», les digo y me pongo a arreglar los papeles antes de acometer la corregidera.

Siempre he dicho que corregir exámenes es la maldición de los profesores (aunque varios –que, estoy seguro, saben de educación mucho más que este simple poeta– podrán excomulgarme por tamaña afirmación y explicar –con certeza matemática– cómo la evaluación es una piedra fundamental en el proceso educativo).  Entiéndaseme –ojalá– , amo mis clases, la interacción, la discusión con los alumnos, cuestionarlos y animarlos a que me cuestionen, que reten mis conocimientos y me acorralen con preguntas cuyas respuestas ignoro y buscarlas juntos «para desasnarnos», reírnos, burlarnos de los días grises, celebrar los buenos, empujarlos a andar –tiernos y feroces– por la vida, descubrir quiénes son y verlos asombrarse cuando se percatan de algo ignorado de tan evidente: que el profesor es un tipo más, como tantos, como ellos, de hecho un poco (¡o bastante!) más viejo pero con una historia –en lo esencial–, no por más abultada, menos parecida.  Lo que no me hace feliz –mea culpa– es pasarme las horas revisando papeles ajenos (cuando aún corregir los míos me causa una fatiga voraz e inenarrable).

En fin, preparaba el ánimo para las siguientes horas revisando exámenes y, de pronto, me pareció que algo andaba mal.  Yo había bajado la cabeza y el minuto que extravié entre papeles me pareció infinito.  Ni el más ligero ruido cruzó el aire, la calma era absoluta y, recordando quizá viejas maldades de los chicos (que fuimos) contra los profesores (que fueron), alcé la cabeza de inmediato listo para ser testigo (o víctima) de cualquier barbaridad.  Grande fue mi sorpresa cuando comprobé que nada pasaba. Nada.

Los alumnos estaban –todos– con sus computadoras abiertas y absortos –cada cual en el suyo– en mundos que desconozco, concentrados en universos ajenos, conversando quizá con algún amigo en otro salón o en otro continente. Alguno se distraería escuchando música y otros, intuyo, recorrerían las fotos de «féisbuk» hurgando la vida de quienes parecen que aman ser fisgoneados.  Ignoro qué tanto puede hacer un joven en un minuto frente a la máquina pero sé que era («eran», las cosas que hacían o veían o escuchaban) lo suficientemente atractivo, absorbente y fascinante como para tenerlos embrujados, transitoriamente enajenados y embebidos; cautivos de la computadora como el pobre Dédalo lo estuvo de su propio laberinto.

«¡No puede ser!» dije levantado la voz de manera tal que más de uno dio un salto arrebatado de su «empantallamiento» (que ni siquiera era «ensimismamiento»), «no puede ser que no hagan nada».  Me miraron como pensando «ahora sí se volvió loco», pero seguí.  «¿Qué hacen?» les pregunté y alguien (que no comprendió lo retórico del asunto) protestó: «pero, si estamos tranquilos».  Y yo: «¡Exacto! ¿No se dan cuenta?»  Y empecé a explicarles cómo, «en mi época», esos cinco minutos se hubieran convertido en un escándalo incontrolable, con todos corriendo alrededor de las carpetas, unos silbando, otros gritando y alguna pelota (o la mota o una cartuchera o muchas tizas) atravesando el salón en busca de su más o menos distraído objetivo. «¿Y ustedes qué hacen? Tienen a sus amigos al lado y ni los miran, se hunden en sus computadoras e ignoran olímpicamente a quienes están en el mismo salón que ustedes...».

Iba a continuar con mi discurso sobre la amistad real frente al espejismo de los mil amigos de «Facebook» (hasta iba a confesarles que yo tengo dos mil), cuando sonó la campana («señor Mejía, por favor callarse y dejar salir a los alumnos») y me odiaron un poco y, sí, me callé y les dije «ya vayan» y abandoné los papeles y me enterré en la máquina, tan solo y tan acompañado, y me puse a escribir este artículo que ustedes están leyendo...