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Sunday, November 10, 2013

Manual para cruzar la frontera (final)

El paso por Woodlands es más sencillo y toma menos tiempo (unos sesenta minutos).  Si uno va a la estación «Kranji» de la línea roja del metro de Singapur, se encontrará con un letrero que indica «170» (de la empresa SBS, «Singapore Bus Services»). Abordar el bus, pagar con la tarjeta «EZ-Link» (el dinero electrónico que, los que vivimos en Singapur, usamos a diario en el metro y los autobuses) y esperar diez minutos. Una vez en el control de Woodlands (antes de bajar del bus pase la tarjeta por el lector y saldrá un aviso de «ride suspended» con lo cual le cobrarán la tarifa cuando termine el recorrido, serán un par de dólares), hay que subir unas escaleras eléctricas (hay ascensor, si es que trae bultos), pasar por el control (en el electrónico, para singapurenses y residentes, casi nunca hay cola), volver al primer piso y dirigirse de nuevo al bus (no se olvide de pasar la tarjeta) que, en poco más de cinco minutos, atravesará el puente de un kilómetro que separa Singapur de Malasia (el puente del otro control, en Tuas, tiene una extensión de casi dos kilómetros). Otro gran edificio, otra vez bajar del bus, otra vez pasar la tarjeta, otra vez subir una escalera eléctrica y, otra vez, el (más lento) control migratorio.

Lo diferente del cruce de Woodlands es que nos lleva al corazón de una inmensa ciudad (1.2 millones) y, lo bueno, para quien quiera darse un salto para solo hacer algunas compras, es que se halla ligado a través de una serie de puentes y escaleras mecánicas al «City Square», un centro comercial que tiene casi todo (menos un buen supermercado). Entonces, cuando pase el control malayo solo le resta caminar (no hay cómo perderse, siga el letrero que dice «City Square») y ¡listo! Tendrá a su alcance tiendas de remate y de marca, restaurantes y cafeterías, salones de belleza, artículos eléctricos y electrónicos, cines y un largo etcétera.  

Si reside en Singapur y no quiere que los agentes de migraciones de Malasia sellen su pasaporte cada vez que pase (y, claro, siempre lo hacen en una página nueva y justo al medio porque creen que nos encanta cambiar de pasaporte cada seis meses), lea atento: Antes de atravesar el control de Malasia, subiendo la escalera, a su mano derecha, hay una pequeña oficina que dice «MACS» (nombre fácil de recordar si pensamos en las hamburguesas esas, envenenadas, que tanto nos gustan), que es el acrónimo del «Malaysia Automated Clearance System».  Por treinta ringgits (diez dólares americanos), su pasaporte, el documento que lo acredita como trabajador legal en Singapur y quince minutos, puede obtener una visa por un año y ahorrarse los sellos y las colas.  De ahí en más, el control será electrónico, como en Singapur.

Entonces (y no me haga caso, que, como decía mi madre, «nadie experimenta en cabeza ajena»):

1) Ir a Johor Bahru (JB) es fácil y barato, solo toma tiempo; por Tuas dos horas, por Woodlands, una. En «hora punta» deben ser, al menos, treinta minutos más.  Si puede, evite los feriados.
2) Se puede viajar en una línea malaya (Causeway) o en una de Singapur (SBS).  En ambos casos los buses son viejos (los malayos más viejos y más descuidados, pero estos llevan a Bukit Indah, los de SBS, no).
3) El tipo de cambio favorable a Singapur (2,5 x 1) hace que muchos productos y servicios sean más baratos en Johor Bahru. No necesita cambiar el dinero en Singapur, puede hacerlo en Malasia, sin problemas.
4) Los baños en los centros comerciales están sucios (en «Aeon» son impresentables, con sus cucarachitas más; en «City Square», solo sucios). En la medida de la posible, evítelos.
5) Si va a cruzar la pista en Malasia «desingapurísese», o sea, mire a los lados, que los pasos de cebra están de adorno (como lo están los taxímetros en los taxis, si va a subirse a uno, pacte el precio antes).
6) Ir a JB vale la pena si el ahorro es considerable (en la cantidad) y consistente (en el tiempo).  Si va en su propio auto (use la carretera en Tuas, es más rápido) y puede llenar un par de carritos del supermercado semanal o quincenalmente (Giant, Tesco), se ahorrará algunos cientos al mes. Si va en bus, inclínese por los servicios (manicure, pedicure, corte de pelo, cine, comida) y algunos productos ligeros y caros (cosméticos o anteojos, por ejemplo), si hace todo junto en un solo viaje, también podrá ahorrarse algunos buenos dólares cada luna.

¡Buen viaje!

Monday, November 04, 2013

Manual para cruzar la frontera (3)

Una vez que se pasa el control de Malasia hay que ir a la cola correspondiente (hay varias, busque la suya con calma, que, total, si este bus se va, espera el próximo) y tomar el CW3.  Después de unos quince o veinte minutos por la carretera (y pasando, antes, frente a «Legoland»), el bus llega al «Aeon Bukit Indah Shopping Centre».  A eso de las once de la mañana de un sábado el lugar tiene muy poca gente, así que es un placer pasear por allí.

Primer consejo: si viene de Singapur y hace mucho está acostumbrado a cruzar la pista sin mirar porque «los automovilistas siempre se detienen en la línea de cebra», ¡cuidado!, ya está en Malasia y acá lo atropellarán sin pedirle permiso ni disculpas; así que, mirar a izquierda y a derecha (que los autos no solo avanzan sin consideraciones sino que, además, retroceden indebidamente sin inmutarse).

Dentro del Centro Comercial está «Aeon», que es una enorme tienda de departamentos, también se halla otro negocio inmenso de dos pisos que dice «Outlet» en alguna parte de su largo nombre, un supermercado («Giant»), una farmacia (con cientos de productos cosméticos), un banco (donde es muy sencillo cambiar dólares de Singapur por ringgits malayos, y atiende hasta tarde), muchos restaurantes (casi todos cadenas, internacionales y malayas, nada extraordinario, pero suficiente para tener un almuerzo simple y olvidable), decenas de tiendas (donde venden de todo, desde electrodomésticos hasta ropa de bebé), media docena de «salones de belleza», algunas academias (música, matemáticas) y un cine con media docena de salas.

Segundo consejo: si quiere ir a caminar a los alrededores del centro comercial, se encontrará que en Malasia, como en Indonesia, el peatón es un ser de segunda categoría y eso de hacer veredas es un lujo que se dan algunos constructores y que otros valientemente evitan.  Vaya con cuidado, que solo cruzar al Mac Donald´s que está al frente del Centro Comercial es ya un reto. Cerca, salvo un par de tiendas irrelevantes y varios «centros de masaje» inmensos, no existe más; a decir verdad, unos cientos de metros más allá hay otras tiendas a lo largo de la avenida que conduce, como a un kilómetro de distancia, a Tesco. Si no tiene experiencia haciendo cabriolas entre los automóviles, vaya en taxi, negocie con el conductor y regatee, el taxímetro está de adorno.

¿Vale la pena ir a Aeon? Aparentemente. Si se va en transporte público, cualquier compra voluminosa es complicada (si le gusta cargar, buena suerte).  Sin embargo, cosas pequeñas (cosméticos, un par de anteojos, alguna pieza de ropa) pueden generar un ahorro simpático (recuerde que, si se queda menos de 48 horas en Malasia, solo puede llevar a Singapur hasta SG$150 en mercancías).  Donde el asunto se pone interesante es en los servicios.  Entre una madre entusiasta que pase por «el salón de belleza» («manicure», «pedicure», corte, lavado) y un padre paciente que compre boletos en el cine para toda la familia, mientras la espera y aguarda a los hijos en sus clases de piano o geometría, «con su cena más», pueden ahorrarse una buena cantidad de dólares al mes.

Tercer consejo: no vaya al baño.  Las cabinas, todas menos una, son de estilo «hoyo en el piso» (acróbatas, bienvenidos) y, claro, sucias; en el mejor de los casos, llenas de agua.  Si no le queda otra y debe ir, vaya a los de la tienda Aeon, son más limpios, tienen jabón y los insectos han sido momentáneamente disuadidos de no pisar esas losetas.

¿Cómo regresar a Singapur? Fácil.  Vaya al paradero donde lo dejaron en la mañana (sí, al mismo) y sea paciente.  El bus pasará de nuevo. No hay cola (recuerde, está en Malasia), solo un mar de gente que atropelladamente querrá ingresar primero.  Sea paciente.  Dos dólares (se paga en efectivo, cinco ringgits) y quince minutos después, estará en el control migratorio malayo y, otra vez, haga, pero en sentido inverso, el recorrido matutino.

Último: Me dicen que cruzar en bus por Woodlands es más fácil y más rápido (entre muertos y heridos uno se demora dos horas yendo y otras dos viniendo por Tuas), que uno llega al «mall» de la frontera en menos de una hora.  El martes lo intentaremos.  Ya les cuento.

Monday, October 28, 2013

Manual para cruzar la frontera (2)

Quien decida cruzar la frontera que separa Singapur de Malasia, hágalo, como decía Machado, «ligero de equipaje». Cuanto menos cosas, mejor. Lo primero es levantarse temprano, sin madrugar pero sin dejar que se escape la mañana. Si lo que uno va a hacer es comprar en los centros comerciales (aprovechándose de la diferencia de valor entre el dólar singapurense y el ringgit malayo, SG$1,00 = MYR2,54), hay que tener en cuenta que estos abren a las diez de la mañana y no tiene sentido llegar antes para quedarse parado en la puerta (si el apuro lo pone «al otro lado» muy temprano, no pasa nada, al frente de Bukit Indah hay un Mac Donald´s que atiende 24 horas y un desayuno extracalórico antes de la jornada tampoco es que venga mal).

Como vivimos en Choa Chu Kang («al otro lado de la isla» para los turistas que solo conocen Orchard Road y Marina Bay Sands), la estación Jurong East del MRT (el metro local, línea roja) nos queda a solo tres paradas. En Jurong, si tiene hambre, aguántesela, que Jems (el centro comercial más cercano) está cerrado y el Wendy´s de la estación es un desastre y, encima, caro.  En la parada de los buses (a pocos pasos de la del metro) hay lugares para esperar infinidad de líneas que llevan por toda la isla; además, se encuentra el paradero de la ruta CW3 («Causeway Link, the smiling bus»), que cruza «al otro lado».  Para subir hay que pagar en efectivo (SG$4,00) y se recomienda conservar el boleto.

El bus tiene una frecuencia de quince minutos y la cola es suficientemente larga como para llenarlo a tope, cual lata de sardinas (no se asuste si escucha gritos destemplados, resulta que los encargados son bastante entusiastas a la hora de exigir a la gente que «se acomode» para dejar espacio para más pasajeros). Nosotros decidimos esperar el siguiente e ir sentados.

El recorrido hasta el puesto fronterizo dura poco menos de veinte minutos. El bus avanza sin detenerse hasta Tuas, el cruce «nuevo», justo antes del estrecho de Johor.  Llegados allí hay que apearse.  Los que saben, salen corriendo y, solo entonces, uno entiende por qué hay quienes no tienen ningún problema con viajar de pie, ¡son los primeros en abandonar el transporte para marchar, raudos y veloces, hasta el control de migraciones!

En migraciones hay dos posibilidades, o uno hace la cola en el control manual, «buenos días, su pasaporte, por favor», revisión, sello, «buen viaje», o, si uno es singapurense, residente permanente o tiene visa de trabajo, se abre la opción del control automático, escanear el pasaporte, poner el dedo pulgar para que la huella dactilar sea comparada con la del archivo y, ¡abracadabra!, la máquina abre las puertas y aparece un mensaje en la pantalla: «buen viaje, señor Fulano de Tal».  Eso sí, verifíquese primero si es que es necesaria o no una visa para acceder a Malasia, si la respuesta es «sí», mala suerte, use el control manual porque la máquina lo rechazará y habrá perdido varios minutos inútilmente.

Pasado el control hay que salir a un inmenso estacionamiento donde se hallan muchos buses.  Esa es la llamada «tierra de nadie», técnicamente uno ya abandonó Singapur y aún no ha entrado en Malasia, ¿qué sucede si algo sucede? Digamos, ¿una emergencia médica, un accidente? Ni idea, por la dudas, camine despacio y no se agite, que no hay apuro.  Ahora bien, si por a, be o zeta razones, el asunto en el control de migraciones tomó mucho tiempo, «el bus que sonríe» se habrá marchado.  Usted no deje de sonreír ni se desespere; quince minutos después aparecerá otro ómnibus idéntico que recibirá a todos los que allí se encuentren haciendo cola para cruzar los mil metros del puente que separan un país del otro (nadie le pedirá el boleto ni le preguntará qué quiere o a dónde va, todos quieren lo mismo y van, indistintamente, al mismo lugar).

Llegados al lado malayo, otra fila y otro control manual (hay uno automático llamado «MACS», Malaysia Automated Clearance System, pero no vi a nadie que lo usara y entiendo que solo es para viajeros frecuentes, ya sea porque trabajan en Singapur o tienen negocios en Johor Bahru, investigaré, que su mayor virtud es que uno se evita un sello más en el pasaporte).

Es después de pasar migraciones y antes de salir a tomar el bus que, ¡por fin!, nos llevará al destino, que uno se encuentra con los oficiales de aduanas (yo creo que eso de poner cara de pocos amigos les viene escrito en el reglamento) y, claro, como en todos los países del área (Malasia, Singapur, Indonesia) uno se topa con grandes avisos comunicando al viajero que si se le ocurrió traficar drogas, se expone a ser condenado a muerte...

Monday, October 21, 2013

Manual para cruzar la frontera (o una jornada en Bukit Indah)

¿Consejos? Recibimos muchos. ¿Páginas en Internet? Leímos más. Pero, puestos a tomar decisiones y lanzarnos a la «aventura» de cruzar la frontera, fueron las recomendaciones de Nicolás las que seguimos casi a la letra.  Él, argentino de la pampa y excelente chef, agotó, en los años que residió en la «Ciudad de Leones», todas las posibilidades de esta cercanía de dos países cuyas distintas realidades permite, a quien viva en Singapur (y tenga las ganas, la paciencia y el talento para hacerlo), un buen ahorro de dólares al mes.

Al sur de Malasia y al norte de Singapur (pasando, claro, el estrecho que es la frontera natural entre ambos países), se halla la provincia malaya de Johor.  Hay dos puentes que unen ambas naciones y, consecuentemente, dos pasos fronterizos.  El antiguo «Johor-Singapore Causeway» (cuyas instalaciones fueron remodeladas e inauguradas como «Woodlands Checkpoint», en Singapur, en 1998, y «Sultan Iskandar Complex», en Malasia, en el 2008); y el nuevo «Malaysia-Singapore Second Link» (también conocido como «Tuas», inaugurado en 1998).

La capital de Johor es Johor Bahru («Nueva Johor» o «Yei-Bi», o sea, «JB»), tiene poco menos de un millón trescientos mil habitantes y el cruce de Woodlands enlaza Singapur con el corazón de esta ciudad (tan ligada a la isla-estado que, a pocos metros del control de migraciones malayo, hay un centro comercial muy visitado por los singapurenses).  Por otro lado, Bukit Indah es una pequeña ciudad en pleno crecimiento (sesenta mil habitantes), que forma parte de la «zona económica especial de Iskandar» y se halla a 20 minutos en coche del cruce de Tuas (pasando antes por «Legoland», un inmenso parque de atracciones visitado por miles de turistas).

Nicolás solía cruzar (con su esposa y sus tres hijas) en coche (dejo la historia del carro para otro artículo) y prefería Tuas porque «aunque el peaje es un poco más caro, siempre tiene menos congestión» y le gustaba el centro comercial de AEON porque «no hay tanta gente como en JB».  A mí, que se me antojan mejores los lugares con menos gente (no es misantropía, solo precaución), me pareció buena idea seguir los pasos de mi amigo argentino.  Claro, no tenemos coche (pero tampoco tres hijas y mi infinita Alesia aún puede manejarse bastante bien en metros y buses con sus siete meses de embarazo), así que el asunto se convirtió en un viaje en ómnibus.

En Singapur hay varios lugares donde se puede conseguir un transporte público que cruce la frontera hacia JB y alrededores; uno, por ejemplo, es Changi (el aeropuerto) y otro es Kranji (donde hay una estación de la línea roja del metro y que solía ser el paradero mas frecuentado de los ómnibus que cruzaban a Malasia). Sucede que en los últimos años, con el aumento exponencial del número de personas que atraviesan diariamente la frontera (hace poco, el periódico «The Straits Times» informaba que solo el control de Woodlands lo utilizan más de trescientos cincuenta mil viajeros cada día), los llamados «puntos de embarque» también se han multiplicado.

Como fuera; por comodidad, por cercanía, por que lo conocemos, porque Nicolás nos dijo que era el mejor lugar para tomar el bus («el amarillo, toma el CW3») hacia Bukit Indah, decidimos ir a la estación «Jurong East», al final de la línea roja del metro (a tres estaciones de Choa Chu Kang, donde vivimos), y allí comenzó nuestra aventura...

Sunday, June 30, 2013

De Singapur a Malasia (y viceversa)

Cuando los niveles de polución en Singapur alcanzaron cimas históricas (que causaron histeria en la población y que algunos inescrupulosos —los hay todas partes— aprovecharon para "ganarse alguito" cobrando de más por las máscaras N95), nosotros, (aún) valientes turistas, nos decidimos por la huida al norte. Los vientos habían convertido la "Ciudad de los Leones" en una especie de Londres invernal con olor a parrillada y a treinta grados centígrados. Kuala Lumpur estaba libre de la humareda y a una distancia que nos liberaba de la necesidad de aviones y aeropuertos en la comodidad de un bus "deluxe", ideal para las casi doce semanas de embarazo (el de ella, claro, que mi barriga nada tiene que ver con la perpetuación de la especie sino, si quieren, con todo lo contrario).

El plan de evacuación empezó estableciendo comunicación con los dos refugios que allá tenemos (como dijo alguna vez Julio Ramón Ribeyro, "para qué quiero millones sin tengo amigos"). Ambos (ambas) respondieron afirmativamente. Gabriela y Amy son dos grandes amigas y estar con ellas y sus familias, es como estar en casa.

Amy estaba por partir de vacaciones a China y me desaconsejó el trote, "la contaminación está viniendo al norte, hoy amaneció el cielo oscuro, mejor vete a Bali, however, mi casa es tu casa (gringa ella, ama la frase mexicana y la honra), ven cuando quieras".

Gabriela, con quien comparto el pasaporte y, sobre todo, la amistad desde hace tanto, me reconfirmó las noticias, "Kuala amaneció un poco oscura, pero vente, que está mejor que en Singapur, tenemos una cena en casa, así que si te tomas el bus de las siete, llegas para el postre" (clarification for non-latinos: el postre en las cenas latinas puede servirse entre las once de la noche y las dos de la madrugada).

Para ir de Singapur a Kuala Lumpur existen decenas de líneas de buses que ofrecen, todas, el "mejor servicio" y el más rápido y los asientos más cómodos y todo eso. Consejo, si se sabe el destino final en Malasia, es mejor usar el servicio de la compañía que llegue más cerca a ese punto. Es de suponerse que, debido a las siempre exigentes normas singapurenses, no hay ninguna línea que sea tan mala (por lo mismo, si se viene en sentido inverso, tómese la que mejor se antoje, que acá, en esta isla, no hay cómo perderse).

Gabriela me dijo "toma Odyssey que te deja en la puerta del edificio". Si cualquier otra persona me recomendara viajar en una empresa que se llama "Odisea", yo —que, como Borges, creo que "el nombre es arquetipo de la cosa"— declinaría amablemente en favor de compañías como "First Coach", "Five Stars", "Luxury Tour" o "Super Nice"; pero si alguien sabe de viajes y compras es Gaby, así que adquirí los boletos en Internet (SG$50,00 c/u, solo ida).

Llegamos a la plaza "Balestier" a las 18:30 para tomar el bus de las 19:00. Partió a tiempo.

En el ómnibus no hay baño, pero sí tienen "wifi" y películas (con su pantallita individual, tipo avión moderno). Sirven comida (nada memorable, mejor llevar chocolates y galletas o sánguches de "7-Eleven" —los de huevo y queso, están buenos—) y dan agua o café. Cada dos horas se detienen para quien quiera estirar las piernas o necesite darle paz a la vejiga. El viaje es casi por completo en autopista, rápido y, me pareció, bastante seguro.

Una de las paradas es en la frontera, hay que pasar migraciones tanto en Singapur como en Malasia y, en uno de los extremos (el del país al cual está uno ingresando), hay un control de aduanas (quien venga a Singapur, que no traiga alcohol ni cigarros). No se tarda más de quince minutos. Si se quiere usar el baño, úsese el del lado de Singapur, siempre está más limpio.

En cinco horas llegamos (en Odyssey) a "Mont Kiara", zona moderna, limpia, tranquila y grata a la vista, hasta donde la neblina nos permitió observar. El bus, como Gabriela lo había anunciado, nos dejó en la puerta de "MK10", el condominio donde ella y Rudi (y Macarena y Lara y Ale) nos recibieron con los abrazos, las celebraciones, la alegría y la generosidad, con la que solo pueden recibir aquellos que han hecho de la amistad una nueva forma de familia.

Hubo quesos, lomo saltado, postre, historias, teacuerdas y todo eso que hace la gente cuando se quiere y se reúne y celebra la vida.

Todo estuvo extraordinario, salvo que, al amanecer del día siguiente, los cielos estaban tapados y los noticieros anunciaban que la contaminación, por capricho del viento, "se aleja de Singapur y ya ha llegado a Kuala Lumpur...".

Friday, June 21, 2013

De humos (en Singapur) y fuegos (en Indonesia)

Si de algo de jactan en Singapur (en realidad se precian de mucho, y razones no les faltan —ni ganas de recordárselo a sus vecinos—) es de ser una "ciudad jardín", tan eficiente, que muy pronto se convertirá, lo dicen ellos, en una "ciudad en el jardín". De hecho, el crecimiento exponencial de los espacios verdes y el aumento sostenido de la biodiversidad, permiten hallar zonas verdes por todas partes, tanto así que aún en Orchard Road —la más comercial y "aconcretada"de sus calles— es posible escuchar el canto de los pájaros compitiendo, con bastante alegría, contra los motores de los muchos carros y la música de las infinitas tiendas.

En Singapur, como en la Lima de mi infancia, se puede beber el agua que llega por la tubería sin tener que pasarla por filtros ni exorcismos, cuando ni en la vecina Yakarta ni en Johor, la provincia fronteriza con Malasia de donde Singapur importa parte del agua pura que consume, nadie se atreve a beberla del caño, ni con filtro. También es posible (y común, ¡y sabroso!) comer en los restaurantes populares —los famosos "hawkers"— donde, por unos cuantos dólares locales (US$1,00=SG$1,25), de rey a paje disfrutan de comida china, india, malaya, indonesia, turca y occidental, sin temor a infecciones ni enfermedades.

Ahora bien, en este jardín limpio y ordenado (no entraré en detalles políticos-policiales, solo diré que el caos de los países vecinos nos es, ni de lejos, el aceptable producto de democracias exquisitas y libérrimas), cae como un balde de agua fría o, para ser más exactos, como una brasa hirviente, cuando los vecinos del sur, especialmente en Sumatra, se dedican al bonito deporte de incendiar bosques naturales y desechos vegetales con el propósito de preparar el campo para sembrar más plantas de palma y producir más aceite.

La producción de aceite de palma ha sido cuestionada por muchas instituciones por ser ecológicamente insostenible, destructora del medio ambiente y de la biodiversidad. El cultivo de la palma es una de las causas esenciales de la pérdida del 40% de los bosques en la isla más grande de Indonesia y, además, ha puesto al borde de la extinción especie únicas como el tigre y el rinoceronte de Sumatra y el orangután. Sin embargo —y acá se complica el asunto—, el negocio del aceite de palma genera, solo en Indonesia, ventas anuales cercanas a los veinte mil millones de dólares y permite la creación —directa e indirecta— de unos seis millones de puestos de trabajo.

Los problemas de las "quemas" en Sumatra y Borneo vienen de lejos. Incinerar los campos ha sido una forma tradicional de preparar la tierra para el próximo cultivo, la diferencia es que una cosa es la quema artesanal de pequeños grupos de campesinos y, otra —ferozmente distinta y brutalmente mayor—, es cuando las corporaciones hacen lo mismo, en cientos de hectáreas, para abaratar sus costos de operación.

Ya en 1997, Singapur y varias regiones de Malasia, sufrieron por varios meses las consecuencias de los incendios causados en Indonesia. Esta crisis originó que la ASEAN (Association of Southeast Asian Nations) produjeran un "Convenio sobre la contaminación atmosférica transfronteriza". Solo uno de los países miembros no lo ha ratificado: Indonesia.

Esta semana, el problema ha escalado. Si en 1997 se llegó a niveles de polución de 226 (sobre un máximo de 500, donde más de 200 es "muy insalubre" y más de 300, "peligroso"), el viernes 21 de junio, al mediodía, las lecturas de la Agencia Nacional del Medio Ambiente de Singapur marcaron 401.

Las quejas de Singapur han sido calificadas "quejas de niños nerviosos" por el Ministro de Bienestar de Indonesia, quien ha agregado que muchas corporaciones productoras de aceite de palma que trabajan en Indonesia, son de capitales de Singapur o tienen sus oficinas allá. Singapur ha respondido pidiendo que se identifique a las empresas dueñas de las plantaciones para perseguirlas si están en su jurisdicción, a lo que Indonesia ha contestado que ellos van a juzgarlos (¡con lo eficaz y proba que es la justicia indonesia!).

Sin embargo, la perla más deliciosa ha surgido de otras declaraciones de ese mismo Ministro de Bienestar quien, temprano, acorralado por la campaña mediática que condenaba los incendios, protestó contra la ciudad-estado: "Singapur no dice nada cuando tiene aire fresco, pero se queja de la contaminación ocasional...". ¡Habrase visto!