No se me entienda mal, no busco justificarlos ni hallar en sus biografías la terrible niñez que los convirtió en los cretinos que ahora son. Lo siento, no soy tan generoso. Cualquiera que encuentre placer en las lágrimas y la desesperación de otro, es un canalla y, con sus actos, cancela nuestra compasión por su infancia rota o su juventud atormentada. Quien llega a la adultez y no sufre ninguna condición que lo convierta en inimputable, asume, le guste o no, la responsabilidad de sus actos, ante el juez y ante la sociedad.
Cierto, estudiando las causas de la violencia en el perpetrador se pueden hallar respuestas que eviten futuras víctimas de quien no encuentra otra manera de canalizar y liberar sus demonios y frustraciones que atormentando a otros. Pero, como cada quien escoge sus batallas, colocado en la disyuntiva de salvar a la víctima o comprender al victimario, me inclinaré siempre por quien sufre hoy y ahora (que victimizar al canalla y enarbolar sus propias miserias como justificación, adolece de un vicio oculto, puede torcerse hasta convertirse en una manera de no hacer nada y perpetuar el sufrimiento del oprimido).

¿Y cómo encaja esto de «El hombre rebelde» con el hecho concreto de los abusos que a diario sufren miles de personas en sus casas, en el barrio donde viven, en la escuela o en los centros de trabajo? Encaja porque la rebelión es la única manera en que la víctima puede dejar de serlo. Diciendo «no», negándose a aceptar el atropello, plantando cara, enfrentando y exponiendo al canalla, es cómo se sacudirá del abusivo y podrá garantizarse una vida que no sea un martirio permanente.
No es fácil, el miedo es atávico y paralizante y, peor, muchas veces quien sufre se estrella contra la indiferencia o la cobardía de una sociedad hipócrita y medrosa que prefiere mirar al otro lado porque «no es bueno meterse en líos ajenos».
¿Qué podemos hacer nosotros? Mucho. Enseñar y denunciar, mostrarles a niños y jóvenes que hay comportamientos que son inaceptables y cuya sola persistencia pone en tela de juicio nuestra condición de seres humanos.
Debemos empezar por desterrar justificaciones como «pero es cosa de niños», «tienen que aprender a defenderse solos», «no exageres, es un juego», «no lo hace con mala intención», «es una muestra de amor», «más te quiero, más te pego», «es un jefe estricto pero eficiente», «es que estos necesitan mano dura», «solo así entienden» y las más viles de todas, «lo estaba pidiendo», «se lo buscó», «se lo merece», «le gusta».
Ante los abusivos debemos ser intolerantes y en la protección de la víctima tenemos que ser militantes y firmes, mostrándoles a los abusadores que de nosotros solo pueden esperar el rechazo, que sus acciones miserables generan consecuencias y que la sociedad, organizada y civilizada, humana y solidaria, no está dispuesta a aceptar pasivamente el maltrato a ninguno de sus miembros.
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